El blog de @maxpradera

A por ellos, que son pocos y cobardes

Archivar para el mes “agosto, 2013”

EL APRENDIZ DE SOSTRES

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Si me he avenido a responder, por alusiones, al artículo de Arcadio Espada titulado ¡Jodete! (http://elmundo.orbyt.es/2013/08/21/tu_mundo/1377119677.html) en el que, incurriendo en la más baja de las argumentaciones, ad hominem, nos despacha al doctor Gaspar Llamazares y a mí mismo con el calificativo de andrajos morales es, únicamente porque varios amigos míos así me lo han solicitado.
A veces las personas que te estiman –compañeros, hijos, amantes – se sienten mucho más agraviadas por un ataque o descalificación gratuita a tu persona de lo que pudiera sentirse uno mismo. Los que me conocen bien saben que la mayoría de las veces, los insultos que me dedican en los medios –bufón, gentuza, etc– por un oído me entran y por el otro me salen. De modo que las palabras que siguen ha de considerarlas el lector más como un acto de reparación y afecto hacia mi pelotón de incondicionales que como un reproche periodístico o moral al susodicho plumilla,  al que siempre he tenido en tan baja consideración literaria e intelectual que podemos decir, con expresión de la calle, que todo cuanto escribe o profiere por la radio, con su voz aguardentosa, cansina y monocorde me la sopla, me la bufa y me la refanfinfla.
Por si no hubiera quedado claro en el párrafo anterior: la pereza mental que me produce este aspirante a provocador, este catecúmeno de la polémica, este aprendiz de Sostres, es de tal calibre que por no tener que ocuparme de su texto farragoso y repetitivo,  preñado de falacias, habría pasado por alto los epítetos que me dedica en su textículo, obviando incluso, de haberlas habido, injurias y calumias más graves, en las que a veces, como luego señalaré, es capaz de incurrir alegremente este infeliz. (http://www.cadenaser.com/cultura/articulo/cercas-arcadi-espada-quiere-hacerme-dano/csrcsrpor/20110216csrcsrcul_3/Tes)
Si como sofista, Arcadi es dificil de encuadrar (¿es de derechas, o de ezquerras, de arriba o de abajo, del centro o p´adentro?), en el terreno de la comunicación sólo cabe un nicho posible para él, que es de los pelmazos. No en vano en esta próxima temporada causa baja en uno de los programas punteros de la radio española, Julia en la Onda, desde el que ha estado martirizando a los oyentes durante un año interminable, con peroratas triviales y supuestamente transgresoras, a las que solo su pariodable y parodiado frenillo (dos geniales humoristas se reían de él en su propio programa) conferían cierto gracejo expresivo.
Pero vayamos a lo que tanto ha molestado a mis amigos, que es el hecho lamentable de que este pistolero a sueldo de Pedro J. Ramírez se ha permitido llamarnos al diputado Llamazares y a mí mismo, andrajos morales. Es preciso poner al tanto al lector de que los párrafos engendrados por Arcadio son posteriores a un artículo recientemente publicado por mí, en el Huffington Post, http://www.huffingtonpost.es/maximo-pradera/falacias-y-falocias_b_3731006.html en el que propiné tal somanta dialéctica a Salvador Sostres, que éste se ha tenido que dar de baja en Twitter, porque en pocos días se había convertido en el hazmerreír de la comunidad internauta. Y que da la casualidad de que ese mismo artículo, en el que el melifluo adulador lisonjeaba hasta la nausea al director de El Mundo,  contenía párrafos bien documentados, que denunciaban su incoherencia moral y su vanidad patética. Como los gerifaltes rara vez se rebajan a mancharse las manos con la sangre de los insolentes que les llevan la contraria, es harto verosímil que Pedro J., rencoroso y vengativo como un capitán Achab con corpiño, le haya dicho a Arcadio en una conversación informal: ocúpate de Pradera. Y que Arcadio, con la celeridad del lacayo que se derrite por agradar al amo, haya aprovechado la primera ocasión que se le ha presentado para regalarle el oído a este quiero y no puedo de Ben Brandlee.
En la torpe redacción de Arcadio, nuestro supuesto deterioro moral aparece como causa del hecho censurable, que es el aprovechar un accidente de moto para hacer lo que él llama propaganda
andrajos morales como el político Llamazares o el cómico Pradera aprovechaban su esternón crujido (el de Cifuentes) para hacer propaganda
Se ve que estamos ante una descalificación ad hominem, sin duda la falacia de mas baja estofa de todo el repertorio sofista, porque no es que el hecho de aprovechar el accidente para nuestros aviesos fines propagandísticos nos convierta en andrajos morales, sino que dada nuestra baja catadura moral – que para Arcadio preexiste indudablemente al hecho que se censura– no cabía esperarse otra cosa que no fuera un uso torticero de una desgracia ajena. En otras palabras:
No es que Arcadi se indigne porque Llamazares y yo nos hayamos reído de la persona que resbala con la piel de plátano –cosa que, desde luego, no hemos hecho– sino que no le soprende nada el hecho de que el buen doctor y yo mismo (¡ya tenía yo fichados a estos dos! pero ahora se confirma, ¿eh?) hayamos aprovechado la formidable costalada con la piel de plátano de la Delegada Cifuentes  para denunciar el estado inmundo en el que el PP tiene la acera.Por decirlo en lenguaje coloquial, veníamos censurados ya de casa, y este supuesto cagarro moral sólo es para Arcadio la confirmación de nuestra incontinencia ética.
 Si no la redacción del texto habría sido bien distinta. Por ejemplo:

el hecho de haber aprovechado la caída de la delegada para hacer propaganda me parece digno de un andrajoso moral
Semejante enunciado le hubiera permitido al licenciado Espada expresar su desagrado ante una acción puntual, pero sin incurrir en la descalificación ad hominem, que consiste, ¿hace falta recordarlo?en dar por sentada la veracidad de una afirmación –o en este caso lo vituperable de la misma– tomando como argumento quién es el emisor de ésta y no la fundamentación de la afirmación en sí.El secuaz de Rosa Díez podría haber aprovechado para convertir en más contundente y verosímil todavía la censura, haciéndola preceder de un juicio postivo de valor de los censurados:
me produce arcadas (perdón por el juego de palabras, pero no se puede llamar uno Arcadio y como dicen los ingleses, get away with it) que dos personas de la solidez intelectual y del rigor moral de Llamazares y Pradera hayan podido aprovechar la caída de la delegada para hacer denuncia social.
Es evidente que la forma de argumentar que propongo sólo está al alcance de un razonador medianamente diligente, no de un zángano dialéctico como el que nos ocupa, pues en ambos casos se habría llamado la atención sobre el hecho supuestamente censurable, sin presuponer nada de la catadura moral del censurado.Hay también, en el desmañado argumentario de Espada, un intento de descalificación ulterior hacia nuestras personas, en el empleo de las palabras cómico, en vez de humorista, que tiene más aureola intelectual (humorista es, por ejemplo, Mark Twain o incluso Cervantes, cómicos son Milikito o Félix el Gato)  y político (en el caso de Llamazares) en vez de diputado o militante de izquierdas.  En mi caso, lo más neutro hubiera sido, desde luego periodista, que es la actividad que me ha dado más renombre, tanto en radio, prensa o televisión, pero hay un problema: Arcadio también es periodista y resulta harto probable que le causara repugnancia constatar que pertenece al mismo club que me tiene a mí como miembro. Arcadio es un reverso pomposo de Groucho Marx, intelectual de autoestima tan sólida que le permitía practicar la autoironía. Para Arcadio, el self–deprecating humor que practican las personas inteligentes es un imposible ontológico, porque de la misma manera que hay personas que vienen al mundo con una importante tara física, a él lo parió su madre con la más grave de las minusvalías del alma, que es la carencia absoluta de sentido del humor.De modo que Arcadio evita periodista humorista–ignoro si conscientemente o no, eso poco hace al caso– y opta sandiamente por cómico, porque le parece que, al menos en este contexto, el subtexto de cómico, es payaso. El mensaje subliminal de lo que quiere transmitir al lector (dicen las malas lenguas que sólo tiene uno: él mismo) quedaría pues en este prepotente enunciado:El payaso (=cómico)Pradera acompaña al corrupto (=político)Llamazares en el uso torticero de la noticia del accidente de la Delegada.

El aprendiz de Sostres trata de avergonzarnos (aún más, si cabe) por nuestra falta, al señalar, con el repugnante y mugriento dedo del delator habitual, que estamos en una supuesta lista (confeccionada por él mismo) en la que figuran personas que le deseaban una muerte pronta a la delegada –ni Llamazares ni yo hemos incurrido en tal cosa– junto a otras que simplememente se alegraban de que estuviera en el hospital (ni el diputado ni yo hemos dado pie a tal conjetura). De forma que aunque el único pecado que se nos podría atribuir, con las pruebas disponibles, es el de haber hecho denuncia social aprovechando la increíble notoriedad que se le ha dado a un accidente de moto, Llamazares y yo quedamos contaminados de más iniquidad moral todavía, porque Arcadio ha decidido hacinarnos, como el alcaide malvado de una serie americana, en una celda infestada de pérfidos y carcajeantes demonios.

De la misma manera que el nacionalista español (él se ha subido ahora al ascendente carro de UPyD, en un gesto que líbreme Dios de calificar de oportunista) necesita del nacionalista periférico para reafirmar su personalidad y su ideario, que no suele ser más que un montón de humo, el idiota moral (aquel que no sabe distinguir realmemte el bien del mal) necesita decirse a sí mismo que tiene criterio para escoger la diritta via por el procedimiento de situar al otro en el abismo de la degradación moral. No sé ni dónde estoy –parece decirse Arcadio– pero como no estoy con ellos, en la sima a la que yo mismo les he arrojado, debe de ser que soy éticamente superior.

Es evidente que las miles de personas que han deseado, botella de champán en mano, que el ingreso hospitalario de Cifuentes –motivado, recordémoslo, por su propia imprudencia– culminara en su fallecimiento no estaban añorando la muerte de un ser humano sino la desaparición de un torturador callejero. Pocas personas como la voluntariosa y luchadora Cifuentes han abrazado con más entusiasmo la política represora del Partido Popular, han defendido con más encarnizamiento el uso indiscriminado de las unidades antidisturbios, para impedir que los ciudadanos pudieran hacer uso de su inalienable libertad de expresión o han especulado sin menos fundamento con la posiblidad de que se pudiera modular el derecho a manifestarse, al objeto de que las protestas se celebraran donde a la Delegada le diera la gana. ¿Tal vez en el extraradio de la ciudad, para que el hartzago de los españoles ante este secuestro bochornoso de la soberanía popular que está llevando a cabo su partido, no molestase a esa supuesta mayoría silenciosa y anuente a la que no para de hacer guiños y arrumacos el Presidente del Gobierno?

De modo que, incluso en el supuesto de que el Dr. Llamazares o yo mismo hubiésemos expresado –que no ha sido el caso– el deseo de que Cifuentes se marchara anticipadamente al otro barrio (en un país en el que no dimite nadie ¿a qué otro clavo ardiendo puede agarrarse ya el ciudadano, sino al de la Parca justiciera), eso no autorizaría en modo alguno a este aprendiz de Sostres a estigmatizarnos desde su patético Olimpo de superioridad moral, mientras exlama

¡Mirad qué alimañas, se alegran de que muera un semejante!

Porque el único subtexto posible, extraible del revuelo que está armando la mayoría insurgente (Arcadio dixit) no es más que una pregunta desesperada:

¿Será ya éste el único modo que tengamos los madrileños de liberarnos de esta implacable y odiosa carcelera? 
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FALACIAS Y FALOCIAS

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Cuando las mujeres acusan a los hombres de ser esclavos de sus bajos instintos, dicen eso de que piensan con la polla. Por otro lado, sabemos por el diccionario etimológico que falacia, del verbo latino fallere (engañar) se refiere a un fraude o mentira en el razonamiento, con el cual se intenta dañar a alguien.
Ahora bien ¿qué pasa cuando el razonador falaz expone sus argumentos, plagados de grietas lógicas, movido no tanto por maldad cuanto por incultura y/o estupidez? Si el sofista no trata realmente de engañar (aunque lo consiga sin querer), sino que razona con el órgano equivocado por falta de formación o por una patética incapacidad a la hora de emplear el cerebro, no cabe, stricto sensu, hablar de falacia. Habría que pergeñar un nuevo vocablo, ¿falocia?, capaz de sugerir que el razonamiento es engañoso, pero también que quien lo ha formulado no es un malvado, sino un majadero que no piensa precisamente con la cabeza.
Javier Pradera me hubiera corregido ya a esta altura del párrafo, repitiéndome aquello con lo que tanto le gustaba aleccionarme:
–Hijo, la maldad y la estupidez no son mutamente excluyentes.
Viene a cuento este preámbulo tras las reflexiones que me han surgido al leer el artículo de un tal Salvador Sostres (http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/guantanamo/2013/08/03/podeis-venir-a-por-nosotros.html), un escrito no sólo adulador, sino abyectamente hagiográfico, que contiene, ya en el primer párrafo, tal cantidad de falacias de baratillo, que no es legítimo suponer que en el ánimo de quien las formula anide la voluntad de estafar intelectualmente al lector. Son razonamientos a los que se les ve el plumero tan de lejos, que es como si un timador hubiera disfrazado los billetes auténticos con recortes de periódico, en vez de proceder al revés. Estaríamos hablando entonces de un incompetente, de un necio, o de lo que es igualmente verosímil, de un necio incompetente. No es posible –concluiríamos– que el tal Sostres esté tratando de confundirnos a propósito, porque si un sofista quisiera de verdad engañar se preocuparía al menos, de conocer los secretos de su oficio.
A mi leal saber y entender, no estamos ante un puñado de falacias, sino de falocias.
Empieza Sostres:

Del hecho de que todos los totalitarismos hayan perseguido a Israel se puede extraer la lógica conclusión de que son el pueblo de la libertad. 

Si al director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, le han perseguido y vigilado tanto socialistas como populares, es porque lejos de la tentación sectaria y servil, su compromiso es con el periodismo y con la verdad, indispensables garantías para una democracia de calidad y una sociedad libre.

En la primera frase encontramos una falacia de las llamadas, por los antiguos latinos, de non sequitur. Sostres se concede permiso a sí mismo para deducir de la premisa una conclusión que no se sigue, es decir, no obligatoria. También podría calificarse el razonamiento sostriano de falacia de generalización apresurada o secundum quid, que es la que se da  al inferir una conclusión general a partir de una prueba insuficiente.

La falsedad del argumento se aprecia mejor si le damos estructura de silogismo.

 

Todos los totalitarismos han perseguido a Israel

Los totalitarismos están en contra de la libertad

ergo Israel es el pueblo de la libertad.

La licencia lógica que se concede Sostres a sí mismo nos permitiría montar un silogismo análogo con el pueblo gitano:

 

Todos los totalitarismos han perseguido a los gitanos

Los totalitarismos están en contra de la libertad

ergo los gitanos son el pueblo de la libertad.

o ir aún más allá, afirmando, por ejemplo

 

Todos totalitarismos han perseguido a los falsificadores de moneda 

Los totalitarismos están en contra de la libertad

ergo los falsificadores de moneda son los adalides de la libertad.

Sólo el modo en que los gitanos someten a la mujer ya sería argumento suficiente para rebatir la tesis de que, (si bien es cierto que han estado perseguidos durante siglos)  son adalides de la libertad.

Sólo el modo en que los israelíes maltratan y torturan a niños y mujeres palestinos valdría para afirmar que el compromiso del Pueblo Elegido no es con la libertad en general, sin con su libertad, que es la de hacer lo que les da la gana.

Unos y otros han sido perseguidos a lo largo de la historia por ser diferentes, no porque defiendan la libertad con más ahínco que otros pueblos.

Otra cosa es que se pueda afirmar que una de las expresiones supremas de la libertad es el respeto hacia el que es diferente. Los homosexuales y los retrasados mentales también ha sufrido persecuciones sin límite a lo largo de la historia y a nadie se le ocurriría identificarlos con los luchadores por la libertad, porque la persecución de la diferencia estigmatiza al perseguidor pero no caracteriza moral ni ideológicamente al perseguido.

Por otro lado, la desacertada elección de Sostres del término totalitarismo parece insinuar que los judíos empezaron a ser perseguidos sólo a partir del surgimiento del estalinismo y del nazismo, pues, según nos explica la socorrida wikipedia

 

los regímenes totalitarios, se diferencian de otros regímenes autocráticos por ser dirigidos por un partido político que pretende ser, o se comporta en la práctica, como partido único y se funde con las instituciones del Estado.

Sostres parece ignorar que los judíos también sufrieron una atroz persecución durante los largos años de régimen zarista, régimen autoritario donde los haya, pero al que sería incorrecto tachar de totalitario.

Una misma etnia puede estar perseguida bajo dos regímenes distintos por motivos diferentes,  sin que ninguno de los dos tenga necesariamente que ver con la defensa de la libertad. Stalin, por ejemplo, que por antizarista era un convencido anti-antisemita, decidió utilizar el profundo arraigo del odio ruso hacia los judíos para deshacerse de sus adversarios políticos, muchos de los cuales (Trotsky, Kamenev, o el poderoso  Grigory Zinoviev) pertenecían a esa etnia. Pero también es cierto que el totalitarista Stalin fue el primer mandatario moderno que intentó buscar una patria definitiva para el errante pueblo de Israel, aunque los judíos de la Unión Soviética no se mostraran entusiasmados con la elección del dictador – el lejano oriente siberiano– y decidieran declinar amablemente la oferta –hecha a base de propaganda, no de fuerza militar– de trasladarse en masa a la llamada Región Autónoma Hebrea.

Es decir, que ni los judíos han sido perseguidos con el mismo encarnizamiento por nazis y estalinistas (el antisemitismo de Stalin cabría calificarlo de baja intensidad) ni por las misma razones, que insisto, poco tienen que ver con la libertad de expresión. Hitler, ansioso por auparse con el poder, sólo buscaba un culpable para justificar la caótica situación económica alemana y se aprovechó del tradicional odio a los judíos que ya existía en su país, antes de la llegada de totalitarismo nazi, para sus perversos propósitos.

En el artículo de Sostres, resulta asimismo pintoresco el salto de la primera a la segunda frase del párrafo, que también podemos reducir a un silogismo mentiroso:

 

Todos los totalitarismos (de izquierda y derecha) han perseguido a los adalides de la libertad.

PP y PSOE han perseguido a Pedro J.

Ergo Pedro J. es un adalid de la libertad (¿y los de PP y PSOE regímenes totalitarios?)

En esta nueva falacia sostriana está implícita, como apuntaba antes, la idea de que los judíos fueron perseguidos –igual que lo es ahora Pedro J. – por denunciar en la prensa los abusos del poder establecido, lo cual dista tanto de ser cierto como la afirmación de que Sostres es un intelectual independiente.

Pero ni PP ni PSOE son partidos totalitarios (resulta inaceptable el non sequitur que se produce al saltar de Stalin a Felipe González, o de Hitler a Rajoy) ni se puede afirmar que el PSOE sea un partido de izquierda, (¿qué tal la marca progre del PP?) ni cabe proclamar sin carcajada que Pedro J. haya estado perseguido siempre por los dos partidos.

Aunque luego se convirtió en un feroz detractor del GAL, hay que recordar, por ejemplo, con qué denuedo animaba el director de voz aflautada, en el año 83, (primer Gobierno de Felipe González, con José Barrionuevo al frente de Interior) desde las páginas del extinto Diario 16, a terminar con ETA de la forma que sea.

Bajo el título Hay que destruir a ETA, el editorial de Diario 16, refiriéndose a la actuación de varios geos en el frustrado secuestro del etarra Larretxea en Francia, decía (ver http://elpais.com/diario/1996/01/29/espana/822870018_850215.html)

 

Es preciso cerrar filas en tomo a este buen Gobierno que tenemos, formado por hombres competentes y patriotas, dispuestos a conciliar los valores esenciales de libertad y seguridad.

Más adelante, señalaba:

 

Frente al siniestro engranaje montado en torno al santuario francés, el Estado español tiene legitimidad moral para recurrir a veces a métodos irregulares.

Nadie en su sano juicio puede creerse que un periodista que estaba apoyando tan incondicionalmente a un gobierno, incluso en su guerra sucia contra ETA, fuera perseguido por Felipe González como los judíos en tiempos de Goebbels.

Por otro lado, en septiembre de 2011, a tan sólo dos meses de la victoria del PP en las generales, Pedro J. publicó una portada sobre el archivo del caso Bárcenas (http://2.bp.blogspot.com/-WIOdL8mPses/TmBtieYLUuI/AAAAAAAAAi4/Gi60hzzKDoo/s1600/000+EM20110902.jpg) que en vez de hacer hincapié en las chapuzas jurídicas del Juez Pedreira, como habría hecho un periodista verdaderamente independiente, se recreba con descaro partidista en lo dañino que iba a resultar este injustificable sobreseimiento para el denostado Rubalcaba. Pedro J. saludaba por entonces con trompetas y clarines, la llegada del Nuevo Régimen y su periodismo era de claro apoyo al heredero de Aznar, un dirigente sin personalidad ni iniciativa alguna, al que el fogoso Pedro J. creía que iba a poder manejar como un pelele.

La lectura de estos y otros escritos del petulante director de El Mundo parece indicar, contrariamente a lo que sostiene Sostres, que Pedro J. no es atacado por gobiernos de uno y otro signo cuando publica la verdad, sino que se produce más bien el fenómeno inverso:

cuando los gobiernos de uno y otro signo se escapan a su poder y capacidad de influencia y deciden hacer caso omiso a sus recomendaciones políticas y económicas, es él quien decide atacarlos, para castigar su rebeldía y su insolencia.

La prensa es el llamado Cuarto Poder y los periodistas de ego exacerbado, como Pedro J., llegan a creerse Presidentes del Gobierno en la sombra y se indignan cuando sus opiniones y deseos no son tenidos en cuenta.

El hecho de que las informaciones que publica ahora El Mundo (al rebufo de la primera gran exclusiva de EL PAÍS sobre los papeles de Bárcenas) estén resultando, por el momento, veraces, no invalida la teoría de que Pedro J. sólo se compromete con el periodismo y la verdad,  como proclama su melifluo tiralevitas, más que cuando un gobierno decide llevarle la contraria.

¿Habría optado Pedro J. por tirar tan fuerte de la manta barcenesca si Rajoy y sus ministros hubieran estado comiendo en su manipuladora mano?

El artículo de Sostres contiene tal cúmulo de falacias e inexactitudes, que es imposible que ni siquiera un periodista tan limitado como él le haya dado el visto bueno sin un frío cálculo previo, cargado de oportunismo y de interés personal. Cálculo que podría resumirse en este pensamiento:

Son tantos los dividendos que voy a obtener regalándole abyectamente los oídos a mi director con este artículo que no me importa quedar ante la opinión pública como un perfecto… falocista.

EL DÍA QUE CENICIENTA PERDIÓ SU ZAPATITO Y OTROS CUENTOS

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Que políticos y tertulianos (de uno y otro signo) nos están vendiendo burras infames un día tras otro es algo que percibimos todos con más o menos intensidad, aunque probablemente no nos estemos dando cuenta de cómo se lleva a cabo la operación . En muchos casos, percibimos de manera instintiva que nos están tomando el pelo, pero como todo ocurre a velocidad de vértigo (pensemos en los razonamientos falaces del político de turno como si fueran las hábiles manos de un trilero), no acertamos a establecer el modo preciso –la técnica– con la cual están tratando de embaucarnos. Para descubrir cómo nos estafa un trilero, no queda más remedio que reproducir sus movimientos a cámara lenta, o fotograma a fotograma, si fuera preciso.

Cuando se trata de mensajes publicitarios, la cosa resulta más o menos sencilla. Por ejemplo, en esos anuncios de champús que aseguran que el producto te deja el pelo un 87% más suave, basta con preguntarse si existe un aparato llamado suavímetro capaz de medir la suavidad del cabello femenino. Como la respuesta es un rotundo NO, es evidente que el anuncio nos está intentado embaucar con pseudociencia.

Otras veces, los anunciantes rematan con un eslogan en inglés, que no viene a cuento, para que pensemos que si es anglosajón, el producto tiene que molar que no veas y además proporcionarnos ese toque de exclusividad que nos faltó cuando quisimos ligarnos al último pibón que se nos puso a tiro.

En política, el asunto es más complejo. No estoy hablando de mentiras pre–electorales: no hay manera de saber –hasta que no consigamos que los políticos se obliguen por contrato a cumplir las promesas que nos hacen para arañar votos– si Fulanito bajará el IVA o evitará la amnistía fiscal hasta que no tenga el poder y pueda demostrar que iba de buena fe. En principio, yo recomendaría no creer ni una sola palabra de un político que nos pide nuestra confianza para ganar unas elecciones. Me inspiraría mucha más credibilidad, en cambio, uno capaz de entregar él mismo su confianza a los ciudadanos. Alguien que dijera, por ejemplo:

Todo el dinero de la campaña electoral lo voy a destinar al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. No habrá pegada de carteles, ni mítines, ni vallas publicitarias. Estaré en inferioridad de condiciones respecto a mis rivales, así que me hallo en vuestras manos: espero que sepáis estar a la altura de la confianza que estoy depositando en vosotros y me recompenséis dentro de unas semanas con el voto.

Me quiero centrar, más bien, en lo que ocurre después de las elecciones, cuando los políticos, acosados por las denuncias de los medios de comunicación, que empiezan a señalar de manera pertinaz  e inmisericorde sus incumplimientos, se ven abocados a defender lo indefendible.

Todos los grandes partidos tienen entre sus cuadros una especie de guardia pretoriana –hombres y mujeres dispuestos a hacer cualquier cosa por el secretario general –que se ocupa precisamente de eso: de salir a la palestra a tratar de demostrarnos que los burros vuelan o que se pueden comprar euros por ochenta céntimos. Los pretorianos suele ser gente con muy poco (por no decir nulo) sentido del ridículo, capacidad intelectual limitada (por no decir inexistente) y pocas (por no decir escasísimas) posibilidades de ganarse la vida fuera del partido. De modo que cuando salen a que la opinión pública se carcajee de ellos, en virtud de la cantidad de chorradas que el partido les obliga a proferir por minuto,  lo hacen en parte porque creen (con razón) que su sacrificio les será recompensado y en parte por temor (también fundamentado) a que si no se interponen entre la bala y el Presidente, como Clint Eastwood en aquella famosa película– les priven de despacho, visa y secretaria y se vean obligados a caminar el resto de sus días sobre humilde parquet en vez de pisar alfombras persas hasta el instante mismo de su jubilación.

La técnica con la que los pretorianos – en este grupo se incluyen también los periodistas afines ideológicamente al régimen, cuando no directamente a sueldo de los partidos – tratan de confundir al ciudadano se llama falacia, un tipo de argumento engañoso que puede llegar a ser altamente sutil y persuasivo, y por lo tanto, extraordinariamente difícil de detectar y desmontar. Por decirlo en lenguaje de cine americano, la falacia es una bomba de relojería en la que si nos comportamos como artificieros incompetentes y cortamos el cable equivocado, nos estallará en las manos, ya que nublará nuestra capacidad de raciocinio  y le permititá a nuestro adversario proclamarse vencedor de la reyerta.

Los verdaderos pensadores – y no creo exagerar al decir que Aristóteles ha sido el más eximio de todos ellos – detestan las falacias.  Las odian porque transforman el lenguaje en una herramienta para enmascarar la verdad, en vez de para acercarse a ella. En sus Refutaciones Sofísticas, el gran filósfo griego llegó a clasificarlas en trece grandes grupos. A pesar de que se trata de un texto que se remonta al siglo IV antes de Cristo, intentaré demostrar que los profesionales de la manipulación política siguen usando – y lucrándose con ellos– los mismos sofismas que provocaron la indignación y el desprecio, hace casi 2500 años, del Estagirita Peripatético. Para ello me serviré del discurso con el que nos obsequió el Presidente Rajoy en su última comparecencia parlamentaria. Texto evidentemente redactado por un experto en mercadotecnia política (¿tal vez el ya mítico Pedro Arriola?) que contiene tal cantidad de falacias por párrafo cuadrado que debería ser puesto como modelo en las facultades de Ciencias de la Información y de Ciencias Políticas para mostrar lo mucho que pueden llegar a retorcerse las palabras, con tal de intentar ganar un debate que se tiene perdido de antemano.

Insisto en que no se trata aquí de denunciar las mentiras flagrantes expuestas por Rajoy, que ya fueron denunciadas al día siguiente del debate por diversos periodistas en un magnífico despliegue de fact–cheking.

Las falacias no son exactamente datos falsos o incorrectos, sino razonamientos aparententemente lógicos, que tratan de cegar al adversario por el procedimiento de arrojar sobre él algo parecido a una telaraña mental.

La recuperación de la confianza se basa en la estabilidad de un gobierno

Vds. intentan desestabilizar al gobierno

Luego Vds. quieren destruir la confianza en España 

fue uno de los silogismos falaces más baratos de los usados por Rajoy porque en él, no uno, sino los dos antecedentes de la premisa son falsos.

1) Si fuera cierto que la confianza se basara en la estabilidad de un gobierno, el crédito en España habría dejado de ser un problema al día siguiente de las elecciones, ya que el PP obtuvo la mayoría absoluta.

2) Si fuera cierto que cada vez que se le pide al gobierno que aclare comportamientos sospechosos en sede parlamentaria se está desestabilizando al gobierno, el Congreso de los Diputados no tendría razón de ser, ya que la naturaleza de la Cámara Baja es precisamente la de cuestionar y fiscalizar al Gobierno.

Luego es imposible que el interés de Sus Señorías sea destruir la confianza en España de inversores y empresarios.

Pero analicemos el silogismo más peligroso desde el punto de vista democrático de todos los esgrimidos por Rajoy, aquel con el que trató, a mala fe, de confundir a la opinión pública sobre la distinta naturaleza de las responsabilidades políticas y las obligaciones jurídicas.

Los jueces determinan la veracidad de las afirmaciones

Esto no es un juzgado sino una cámara parlamentaria

Luego este no es el lugar para exigirme que aclare la verdad.

La trampa de este silogismo es la confusión deliberada, en la premisa, entre veracidad y verosimilitud.

La veracidad tiene que ver con la conformidad entre los hechos ocurridos realmente –corroborables por la policía mediante documentos, testimonios y evidencias científicas – y lo que cuenta el sospechoso.

A veces, un relato veraz resulta inverosímil por la cantidad de casualidades o hechos insólitos que intervienen en la secuencia temporal de los acontecimientos. ¿Cuantas veces nos habrán relatado nuestro amigos sucedidos reales ante los que hemos pensado que, introducidos en una película, resultarían demasiado absurdos o chocantes, cuando no directamente inaceptables?

En cambio, un relato verosímil puede ser falso. En las obras de ficción –películas, novelas, obras teatrales – lo único que le pedimos al relato es que sea verosímil. La bondad de una película no reside en que refleje con fidelidad hechos acaecidos realmente, sino en convencer al espectador de la verdad emocional del relato. Son las reacciones de los personajes y la naturaleza de los sentimientos que se desencandenan en el transcurso de la historia lo que tenemos que dar por bueno.

El diccionario dice que verosímil es aquello que tiene apariencia de verdadero. 

Ése, y no otro, es el sentido de la famosa frase que Plutarco le atribuye a Julio César:

No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo.

Rajoy intenta confundirnos en su silogismo sobre la veracidad a partir de una premisa falsa:

Me están Vds. exigiendo que demuestre que soy inocente.

Pero eso no es lo que le pide la oposición (y la ciudadanía entera), porque comprobar la veracidad de los hechos, en efecto, es tarea de la policía y de los jueces.

Lo que se le pide al Presidente es que ofrezca un relato verosímil de los hechos.

Él es la mujer del César en estos momentos, y se le pide sólo que parezca honesto.

La verosimilitud de un relato no la decide la persona que cuenta la historia sino los espectadores que le escuchan, que darán su visto o bueno o no en función de la coherencia interna del mismo.

Hemos llegado al quid de la cuestión:

para que un relato resulte verosímil, la secuencia temporal de los hechos, aunque estos sean más falsos que los de una película de ciencia ficción, no tiene que presentar incongruencias. 

Yo nunca he conseguido creerme La Cenicienta de Walt Disney porque siempre me he preguntado:

Si el Hada Buena le dijo a Cenicienta que a medianoche TODO volvería a ser como antes ¿por qué demonios el zapatito de cristal que la futura princesa pierde bajando las escaleras no vuelve a convertirse en andrajosa zapatilla?

Me encantan las obras de ficción y estoy dispuesto a llevar lo que Samuel T. Coleridge bautizó como suspensión de la incredulidad hasta donde haga falta: acepto que una anciana gordita salida de la nada pueda transformar una calabaza en una carroza sólo con canturrear Salagadoola mechicka boola bibbidi-bobbidi-boo. Pero lo que no estoy dispuesto a tolerar es que el personaje se contradiga en el transcurso del fantástico relato.

El Hada nos informó, en su diálogo con Cenicienta, que TODO volvería a ser como antes, por lo tanto

¿por qué el zapatito de cristal queda fuera de ese TODO? 

Muy sencillo: porque el guionista necesita que ese zapato sobreviva al hechizo para que el príncipe pueda localizar más tarde a Cenicienta. Pero las necesidades del guionista nunca pueden estar por encima de las del espectador, que precisa a su vez que los hechos sean congruentes entre sí.

Rajoy comparece en un Pleno Extraordinario del Congreso afirmando que se le exige que demuestre con evidencias científicas que no es un inmoral o un delincuente.

El silogismo es falso porque la premisa de la que parte es falsa.

Sus Señorías sólo le han pedido que exponga un relato verosímil de los hechos, no que acredite la veracidad los mismos.

¿Es verosímil que Rajoy enviara un sms de solidaridad y apoyo a Bárcenas después de conocer que éste había evadido cuarenta millones en Suiza, si no hubiera estado en el ajo desde el principio? Es evidente que no. La reacción lógica, coherente con todo el relato mariano, frente a un abuso de confianza de semejante calibre, sería, como mínimo, de decepción, cuando no directamente de furibunda indignación. Rajoy puso la mano en el fuego por Bárcenas en una ocasión anterior ¿y ahora le paga comprometiendo su honorabilidad y la de todo el partido en el que lleva militando tantos años?

Si se me permite una licencia humorística, el sms verosímil en semejantes circunstancias no es tanto

Luis, aguanta, sé fuerte

sino

Luis, te voy a dar un guantazo muy fuerte

¿Es verosímil que una persona que dice que comparece ante el Congreso para que resplandezca la verdad obsequie a la ciudadanía (el debate fue retransmitido en directo a toda la nación) con un discurso preñado de falacias?

Veamos sólo algunas de ellas.

Se me acusa de obstrucción a la justicia.

Bárcenas fue desimputado con los socialistas y vuelto a imputar con el PP.

Luego el PP no interfiere en la justicia.

No soy Aristóteles pero me atervo a asegurar que estamos ante un tipo de falacia conocido con el latinajo post hoc ergo propter hoc

Significa luego a consecuencia de esto y es un tipo de falacia que asume que si un acontecimiento sucede después de otro, el segundo es consecuencia del primero. Es verdad que una causa se produce antes de un efecto pero la falacia viene de sacar una conclusión basándose solo en el orden de los acontecimientos.

Rajoy intenta hacernos creer que como la reimputación de Bárcenas se produce después de la victoria del PP, los dos hechos están relacionados. Lo cierto es que el silogismo se vuelve contra el Presidente, ya que en el mismo está implícita la idea de que si el PP hubiera querido obstruir el funcionamiento de la justicia, lo habría logrado. Nada excluye, sin embargo, en este silogismo, la posibilidad de que Bárcenas fuera reimputado a pesar de los esfuerzos del PP por obstruir la justicia, tal como apunta Ignacio Escolar, al sugerir que existieron presiones para apartar al juez Gómez Bermúdez del caso Bárcenas  (http://www.eldiario.es/escolar/mentiras-discurso-Rajoy-cita_6_159994012.html)

Más silogismos falaces:

Los imputados tienen derecho a mentir

Bárcenas es un imputado

luego Bárcenas miente

Aquí la trampa es que la premisa no dice que los imputados mientan siempre, sólo que la Constitución les otorga el derecho a construir un relato de los hechos que les sea favorable.

Pero el hecho de que Bárcenas disponga de ese derecho constitucional, reconocido en el Art. 24.2 de nuestra Carta Magna

(…) todos tienen derecho a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa, a no declarar contra sí mismos, a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia.

no implica que Bárcenas tenga que mentir necesariamente en todas y cada una de sus manifestaciones.

El silogismo es tan falso como

Todos los españoles mayores de 18 años tienen derecho al voto

Yo soy español y mayor de 18 años

Luego yo siempre voto.

Les aseguro que a pesar de que la Constitución me concede ese derecho, he dejado de votar en numerosas ocasiones, porque consideraba que la abstención era lo que más beneficiaba a mis intereses.

Si se me apura, podría decir que, dado que Bárcenas cometió (presuntamente) todos los delitos de los que se le acusa siendo un alto cargo del Partido Popular, cuánto más implique a su partido, más se estará autoiculpando.

En el Pleno Extraordinario en el Senado, Rajoy reconoció:

Y eso es lo que está haciendo el señor Bárcenas, Señorías: defenderse como mejor le parece, poniendo el foco en el Partido Popular.

Pero a continuación no supo dar explicación ni conjetura alguna del por qué de su conducta.

¿Por qué ha escogido ese camino? Eso es algo que yo no sé.

Rajoy prefirió hacerse el tonto en vez de apuntar al móvil más verosímil, que es el del interés puramente penal de Bárcenas en colaborar con la justicia. Como él se expone a penas de prisión muy severas, deduce que si colabora con el juez y el fiscal en sus esfuerzos por destapar una cada vez más probable trama de financiación ilegal dentro del Partido Popular, sus esfuerzos serán tenidos en cuenta a la hora de ponerle la sentencia.

Otro falaz silogismo:

Mi obligación, Señorías, no es evitar las maledicencias. Eso no está en mi mano. 

Mi única obligación es que las maledicencias no tengan razón. 

luego yo he cumplido, porque no la tienen.

Rajoy se inventa, en los dos antecedentes de la premisa, la naturaleza de sus obligaciones para con la Cámara Baja.

Su obligación –dice– es desmontar las maledicencias, y como él asegura que Bárcenas miente y la única demostración posible de que Bárcenas miente es que él así lo afirma, la maledicencia ya está desmontada:

Yo no puedo decirles otra cosa sino que son falsas sus acusaciones, son falsas sus medias verdades y son falsas las interpretaciones de la media docena de verdades que emplea como cobertura de sus falsedades.

Es decir, que Rajoy, después de haber afirmado que el Congreso no puede ser una comisaría, se comporta como si estuviera delante de sus interrogadores y se acoge al derecho de no declarar contra sí mismo y a la presunción de inocencia.

Pero el Presidente olvida que la presunción de inocencia es una garantía jurídica, no política, que ampara al imputado y no al político de conducta sospechosa.

En otro momento de su intervención, el Presidente montó otro silogismo de premisa falsa. Este tipo de falacias pertenecen la categoría más barata de razonamiento lógico, puesto que si el primer antecedente es falso, forzosamente el consecuente ha de serlo también:

Lo único que cabe (en un Parlamento) es que Vds. me pregunten si lo que dice Bárcenas es cierto

Yo digo que no lo es.

Luego todo lo que me sigan preguntando supone convertir el Parlamento en una Comisaría. 

Si la premisa de Rajoy fuera cierta, la conclusión le daría la razón. Pero ¿acaso la diputada Rosa Díez no acertó a formular al Presidente veinte preguntas (http://www.libertaddigital.com/espana/2013-08-01/diez-plantea-a-rajoy-una-rotunda-censura-y-20-preguntas-1276496526/) perfectamente aceptables en el juego parlamentario de preguntas y respuestas?

Por lo tanto lo único que cabía en la sesión no era lo que Rajoy, en otro gesto más de chulería y autoritarismo, afirmaba que cabía. Cabían muchas más cosas en la sesión, entre ellas las preguntas de una diputada del Congreso que recibió la callada por respuesta a todos sus interrogantes.

A la vista del intolerable (por poco democrático y trasparente) comportamiento de Mariano Rajoy durante el Pleno Extraordinario del Senado, tal vez Sus Señorías deberían hacer suyas las palabras del Presidente boliviano Evo Morales:

Nunca debato con mentirosos.  (FIN DE LA CITA)

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