El blog de @maxpradera

A por ellos, que son pocos y cobardes

ALBERTO GLENN-GALLARDÓN

Conocí a Ruiz–Gallardón a finales de los noventa, en casa de una pianista a la que ambos admirábamos. Él era aún Presidente de la Comunidad de Madrid y acudía de vez en cuando a las soirées musicales de Miguel y Rosa, en compañía de su mujer, Mar Utrera. Con ella hablé poco, pero lo suficiente para darme cuenta de que era bastante más inteligente y despierta que su casi siempre achispado marido.
Tengo la teoría de que Mar servía de dique de contención al delirio de Albertito. Si es cierto que esta gran mujer anda ahora delicada de salud, el desbordamiento de toda la demencia gallardoniana que estamos padeciendo últimamente podría deberse a que las mermadas fuerzas de ella ya no son capaces de poner coto a los desvaríos narcisistas de él.
Mar frenaba a Gallardón porque lo tenía calado.
Una vez fui invitado a casa del matrimonio para la presentación de la ópera Merlín, de la que es autor el tío bisabuelo de Albertito, Isaac Albéniz. Tras el concierto doméstico, durante el cual nos fueron ofrecidas algunas arias y dúos, llegaron las bebidas y los canapés. La casa de los Gallardón, en la calle Serrano Anguita de Madrid, es espaciosa y señorial (heredada, creo, de su padre) así que se formaron varios corrillos de tertulianos.  Yo picoteé de flor en flor, hasta que fui a parar a un grupo compuesto por unas ocho personas, entre las que estaban, además de los dos anfitriones, Fernando Fernández Tapias y su todavía novia palentina (que no cesaba de repetir que él era un diamante en bruto, haciendo mucho más hincapié en lo de bruto que en lo de diamante)  y algún que otro gorroncillo, tan insignificante que su nombre no merece el honor de figurar ni entre estas humildes líneas.
Albertito empezó a contarnos a todos, verdaderamente entusiasmado, que estaba deseando comprar o alquilar el piso de al lado, cuyo propietario había amagado en más de una ocasión con marcharse, no recuerdo ahora si a otro barrio, o directamente, al Otro Barrio.

–Me llevaría  allí el piano y los discos. Sería mi pied-à-terre musical–anunció con sonrisilla pretendidamente malévola, como de personaje secundario de Las Amistades Peligrosas–, con sala de audición, para no dar la lata a mi familia.

Sonaba todo bastante razonable, pero Mar nos dio enseguida las claves de tan ambicioso proyecto marital y le desmontó el tenderete con una sola frase.

–Alberto –le respondió con comprensiva socarronería–, si quieres montarte un picadero, no se te ocurra ponérmelo en el piso de al lado. Lárgate a la otra punta de Madrid.

Sirva esta anécdota para ilustrar mi teoría sobre Gallardón: su vida es, desde que se despierta hasta que se acuesta, una farsa decepcionante y absurda, durante la cual va insultando la inteligencia del personal, creyendo que puede hacer creer a media humanidad que su conducta no está regida por la vanidad personal, sino por la altura de miras.
Nada más lejos de la realidad. Gallardón es un narcisista carente de códigos morales cuyo solo objetivo en la vida es dejar su impronta allá donde fuere, aunque ello suponga hacerle pagar al prójimo un precio prohibitivo de dolor. Como la Dama, Dama de la canción de Cecilia, Albertito está dispuesto a ser:

el niño en el bautizo o el muerto en el entierro, con tal de dejar su sello.
En cierta ocasión –yo era por entonces un famosete televisivo de moda –nos enzarzamos en una discusión musicológica de altos vuelos (yo ponía la altura y él el vuelo, porque en cuanto le da por beber, suelta pluma que no veas) sobre un pianista canadiense al que ambos admiramos: Glenn Gould. Tanto espacio ocupó el artista en nuestras conversaciones, que Gallardón acabó regalándome –me la envió a mi domicilio, por mensajero–la integral en láser–disc de los conciertos de este auténtico genio. Seguramente fue su manera retorcida y aviesa de insinuarme que deseaba venir de invitado a Lo + Plus, cosa que, dicho sea de paso, no consiguió nunca.
Glenn Gould era un intérprete que detestaba los conciertos y amaba los estudios de grabación. Sostenía–no sin cierta razón–que a veces los virtuosos terminan haciendo demasiadas concesiones a la galería para ganarse al público: aceleran los tempi, abusan del rubato, hacen pausas melodramáticas en los calderones, fuerzan, en suma, la parte circense de la interpretación para meterse al auditorio en el bolsillo a base de pirotecnia y no de arte. Yo objeté, ante la obtusa incondicionalidad gallardoniana, que Gould, sublime en la mayoría de las piezas (sobre todo de Bach) a veces resultaba completamente arbitrario y antimusical en otras. Le cité, por ejemplo, el caso del Preludio en Do Mayor del Primer Libro de El Clave Bien Temperado. Gould toca las notas en staccato, en una decisión interpretativa que desvirtúa completamente el carácter cantabile de la pieza (Gounod construyó sobre esos acordes su famoso Ave María) y que resulta solamente entendible por un esfuerzo enfermizo para resultar original.
Ésa era la filosofía de Gould cuando se ponía a grabar: primero escuchaba todas las interpretaciones fonográficas de referencia y luego se preguntaba:¿cómo puedo tocar esto de manera que no lo haya tocado nadie?

La pregunta que se debe hacer un intérprete honesto y cabal nunca es esa, sino más bien esta otra:

¿cómo puedo tocar la pieza de manera que pueda hacer llegar la esencia de la misma hasta el oyente?

El pianista vienés Alfred Brendel lo dijo mucho mejor que yo hace años:

Pertenezco a una tradición en la que es la obra de arte la que le dice al intérprete lo que debe hacer y no el intérprete el que le dice a la pieza como debería ser o al compositor qué es lo que debería haber compuesto.

Pues bien, a pesar de su indudable genialidad, Gould se comportaba a veces como ese tirano al que desprecia Brendel, aplicando criterios estilísticos cuyo único fin era el de sonar diferente –aunque el precio final de ese anhelo narcisista lo acabaran pagando el compositor y el oyente.
A veces, incluso–un ejemplo clamoroso es la Sonata Fácil de Mozart, que Gould ejecuta con la frialdad de un autómata– su interpretación se convertía en un auténtico ajuste de cuentas con determinado compositor, al cual detestaba.

Mirad lo estúpido y pueril que podía llegar a ser Mozart
 – parece querer decirnos Gould con un bajo Alberti que torpedea literalmente –y a martillazos– la melodía principal–, un compositor que murió demasiado tarde, no demasiado prematuramente (la frase es auténtica)

Alberto Ruiz–Gallardón defendía con vehemencia a Gould incluso en esos casos.
Yo aún diría más: sobre todo, en esos casos.
Decía que era entonces cuando se convertía en un ser asombroso y fascinante, siempre dispuesto a ofrecer a sus incondicionales una versión de cada obra absolutamente personal y diferente.

Pues bien, para mí Gallardón –ya lo habrán adivinado– encarna ese reverso tenebroso de Glenn Gould, pero sin anverso luminoso alguno.

Todos sus actos políticos – desde el endeudamiento salvaje de Madrid a la Ley de Tasas Judiciales, y ahora la Ley del Aborto– no responden más que a su enfermiza obsesión por dejar su impronta personalísima en su gestión pública, adoptando medidas y promulgando leyes arbitrarias por el simple hecho de que nadie se ha atrevido a hacerlo así todavía.
Ahora intenta aprobar una nueva Ley del Aborto que justifica diciendo que es progresista y en defensa de la vida.
La mejor prueba de que Gallardón no ha tenido jamás en la cabeza la idea de salvar vidas, sino única y exclusivamente, la de llamar la atención sobre sí mismo – como Gould en sus interpretaciones vengativas– es que ha tardado dos años en sacar el Proyecto de Ley de su siniestra chistera. Y eso que asegura que lo llevaba en el Programa.
Hasta que sea aprobada –la ley vuelve ahora al Consejo de Ministros, luego va al Congreso, después al Senado, para finalmente regresar a la Carrera de San Jerónimo para su aprobación final –tal vez pasen tres largos años.
En estos momentos se están practicando unos 100 mil abortos legales en España. Ya hay cálculos según los cuales, con la restrictiva ley gallardoniana, más de un noventa por ciento de los abortos que hoy se producen en nuestro país no tendrían cabida legal. Eso supone  90 mil niños–la derecha más ignara, ultracatólica y recalcitrante de nuestro patrimonio nacional los llama así– a los que el Ministro de Justicia podría haber salvado de la trituradora (utilizo terminología medieval, made in Ana Botella), si su Ley se hubiera promulgado al día siguiente de que se constituyeran las Cortes Generales. Si la ley se promulga a finales del Tercer Año Mariano, el número de criaturas a las que Gallardón podría haber redimido del sacrificio – en su lógica ultramontana–, salvando esas vidas sacrosantas que tanto se ufana en defender, ascenderá a 270 mil.
 Con su inexplicable indolencia  (digna del socorrista pasota de Cruz y Raya) habrá condenado a muerte –sigo empleando su indecente lenguaje–a 270 mil inocentes, víctimas de supuestas madres desnaturalizadas, hedonistas, carentes de criterio ni moralidad alguna.
En vez de intentar socorrer desde el instante mismo en que tomó posesión –¿hay algo más urgente que salvar la vida de un bebé a punto de morir?– a 300 mil pequeñines ¿a qué está jugando  Gallardón? A conceder entrevistas autofelatorias a La Razón y al ABC, en las que se dedica a presentarse como la nueva Reserva Espiritual de Occidente, el Faro Moral de Europa, que servirá de orientación y guía, hoy a España y mañana a todos los países de nuestro degradado entorno.
Albertito aún está a tiempo. A tiempo de hacerle caso a la maravillosa madre sus hijos y de montarse su delirante picadero lo más lejos posible de nosotros.
Y de llevarse con él esa espeluznante Sonata Fácil de Mozart, literalmente ejecutada por Glenn Gould.Sonata Fácil (Glenn Gould)  http://www.youtube.com/watch?v=FeHeF5A6pmUImage

EL APRENDIZ DE SOSTRES

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Si me he avenido a responder, por alusiones, al artículo de Arcadio Espada titulado ¡Jodete! (http://elmundo.orbyt.es/2013/08/21/tu_mundo/1377119677.html) en el que, incurriendo en la más baja de las argumentaciones, ad hominem, nos despacha al doctor Gaspar Llamazares y a mí mismo con el calificativo de andrajos morales es, únicamente porque varios amigos míos así me lo han solicitado.
A veces las personas que te estiman –compañeros, hijos, amantes – se sienten mucho más agraviadas por un ataque o descalificación gratuita a tu persona de lo que pudiera sentirse uno mismo. Los que me conocen bien saben que la mayoría de las veces, los insultos que me dedican en los medios –bufón, gentuza, etc– por un oído me entran y por el otro me salen. De modo que las palabras que siguen ha de considerarlas el lector más como un acto de reparación y afecto hacia mi pelotón de incondicionales que como un reproche periodístico o moral al susodicho plumilla,  al que siempre he tenido en tan baja consideración literaria e intelectual que podemos decir, con expresión de la calle, que todo cuanto escribe o profiere por la radio, con su voz aguardentosa, cansina y monocorde me la sopla, me la bufa y me la refanfinfla.
Por si no hubiera quedado claro en el párrafo anterior: la pereza mental que me produce este aspirante a provocador, este catecúmeno de la polémica, este aprendiz de Sostres, es de tal calibre que por no tener que ocuparme de su texto farragoso y repetitivo,  preñado de falacias, habría pasado por alto los epítetos que me dedica en su textículo, obviando incluso, de haberlas habido, injurias y calumias más graves, en las que a veces, como luego señalaré, es capaz de incurrir alegremente este infeliz. (http://www.cadenaser.com/cultura/articulo/cercas-arcadi-espada-quiere-hacerme-dano/csrcsrpor/20110216csrcsrcul_3/Tes)
Si como sofista, Arcadi es dificil de encuadrar (¿es de derechas, o de ezquerras, de arriba o de abajo, del centro o p´adentro?), en el terreno de la comunicación sólo cabe un nicho posible para él, que es de los pelmazos. No en vano en esta próxima temporada causa baja en uno de los programas punteros de la radio española, Julia en la Onda, desde el que ha estado martirizando a los oyentes durante un año interminable, con peroratas triviales y supuestamente transgresoras, a las que solo su pariodable y parodiado frenillo (dos geniales humoristas se reían de él en su propio programa) conferían cierto gracejo expresivo.
Pero vayamos a lo que tanto ha molestado a mis amigos, que es el hecho lamentable de que este pistolero a sueldo de Pedro J. Ramírez se ha permitido llamarnos al diputado Llamazares y a mí mismo, andrajos morales. Es preciso poner al tanto al lector de que los párrafos engendrados por Arcadio son posteriores a un artículo recientemente publicado por mí, en el Huffington Post, http://www.huffingtonpost.es/maximo-pradera/falacias-y-falocias_b_3731006.html en el que propiné tal somanta dialéctica a Salvador Sostres, que éste se ha tenido que dar de baja en Twitter, porque en pocos días se había convertido en el hazmerreír de la comunidad internauta. Y que da la casualidad de que ese mismo artículo, en el que el melifluo adulador lisonjeaba hasta la nausea al director de El Mundo,  contenía párrafos bien documentados, que denunciaban su incoherencia moral y su vanidad patética. Como los gerifaltes rara vez se rebajan a mancharse las manos con la sangre de los insolentes que les llevan la contraria, es harto verosímil que Pedro J., rencoroso y vengativo como un capitán Achab con corpiño, le haya dicho a Arcadio en una conversación informal: ocúpate de Pradera. Y que Arcadio, con la celeridad del lacayo que se derrite por agradar al amo, haya aprovechado la primera ocasión que se le ha presentado para regalarle el oído a este quiero y no puedo de Ben Brandlee.
En la torpe redacción de Arcadio, nuestro supuesto deterioro moral aparece como causa del hecho censurable, que es el aprovechar un accidente de moto para hacer lo que él llama propaganda
andrajos morales como el político Llamazares o el cómico Pradera aprovechaban su esternón crujido (el de Cifuentes) para hacer propaganda
Se ve que estamos ante una descalificación ad hominem, sin duda la falacia de mas baja estofa de todo el repertorio sofista, porque no es que el hecho de aprovechar el accidente para nuestros aviesos fines propagandísticos nos convierta en andrajos morales, sino que dada nuestra baja catadura moral – que para Arcadio preexiste indudablemente al hecho que se censura– no cabía esperarse otra cosa que no fuera un uso torticero de una desgracia ajena. En otras palabras:
No es que Arcadi se indigne porque Llamazares y yo nos hayamos reído de la persona que resbala con la piel de plátano –cosa que, desde luego, no hemos hecho– sino que no le soprende nada el hecho de que el buen doctor y yo mismo (¡ya tenía yo fichados a estos dos! pero ahora se confirma, ¿eh?) hayamos aprovechado la formidable costalada con la piel de plátano de la Delegada Cifuentes  para denunciar el estado inmundo en el que el PP tiene la acera.Por decirlo en lenguaje coloquial, veníamos censurados ya de casa, y este supuesto cagarro moral sólo es para Arcadio la confirmación de nuestra incontinencia ética.
 Si no la redacción del texto habría sido bien distinta. Por ejemplo:

el hecho de haber aprovechado la caída de la delegada para hacer propaganda me parece digno de un andrajoso moral
Semejante enunciado le hubiera permitido al licenciado Espada expresar su desagrado ante una acción puntual, pero sin incurrir en la descalificación ad hominem, que consiste, ¿hace falta recordarlo?en dar por sentada la veracidad de una afirmación –o en este caso lo vituperable de la misma– tomando como argumento quién es el emisor de ésta y no la fundamentación de la afirmación en sí.El secuaz de Rosa Díez podría haber aprovechado para convertir en más contundente y verosímil todavía la censura, haciéndola preceder de un juicio postivo de valor de los censurados:
me produce arcadas (perdón por el juego de palabras, pero no se puede llamar uno Arcadio y como dicen los ingleses, get away with it) que dos personas de la solidez intelectual y del rigor moral de Llamazares y Pradera hayan podido aprovechar la caída de la delegada para hacer denuncia social.
Es evidente que la forma de argumentar que propongo sólo está al alcance de un razonador medianamente diligente, no de un zángano dialéctico como el que nos ocupa, pues en ambos casos se habría llamado la atención sobre el hecho supuestamente censurable, sin presuponer nada de la catadura moral del censurado.Hay también, en el desmañado argumentario de Espada, un intento de descalificación ulterior hacia nuestras personas, en el empleo de las palabras cómico, en vez de humorista, que tiene más aureola intelectual (humorista es, por ejemplo, Mark Twain o incluso Cervantes, cómicos son Milikito o Félix el Gato)  y político (en el caso de Llamazares) en vez de diputado o militante de izquierdas.  En mi caso, lo más neutro hubiera sido, desde luego periodista, que es la actividad que me ha dado más renombre, tanto en radio, prensa o televisión, pero hay un problema: Arcadio también es periodista y resulta harto probable que le causara repugnancia constatar que pertenece al mismo club que me tiene a mí como miembro. Arcadio es un reverso pomposo de Groucho Marx, intelectual de autoestima tan sólida que le permitía practicar la autoironía. Para Arcadio, el self–deprecating humor que practican las personas inteligentes es un imposible ontológico, porque de la misma manera que hay personas que vienen al mundo con una importante tara física, a él lo parió su madre con la más grave de las minusvalías del alma, que es la carencia absoluta de sentido del humor.De modo que Arcadio evita periodista humorista–ignoro si conscientemente o no, eso poco hace al caso– y opta sandiamente por cómico, porque le parece que, al menos en este contexto, el subtexto de cómico, es payaso. El mensaje subliminal de lo que quiere transmitir al lector (dicen las malas lenguas que sólo tiene uno: él mismo) quedaría pues en este prepotente enunciado:El payaso (=cómico)Pradera acompaña al corrupto (=político)Llamazares en el uso torticero de la noticia del accidente de la Delegada.

El aprendiz de Sostres trata de avergonzarnos (aún más, si cabe) por nuestra falta, al señalar, con el repugnante y mugriento dedo del delator habitual, que estamos en una supuesta lista (confeccionada por él mismo) en la que figuran personas que le deseaban una muerte pronta a la delegada –ni Llamazares ni yo hemos incurrido en tal cosa– junto a otras que simplememente se alegraban de que estuviera en el hospital (ni el diputado ni yo hemos dado pie a tal conjetura). De forma que aunque el único pecado que se nos podría atribuir, con las pruebas disponibles, es el de haber hecho denuncia social aprovechando la increíble notoriedad que se le ha dado a un accidente de moto, Llamazares y yo quedamos contaminados de más iniquidad moral todavía, porque Arcadio ha decidido hacinarnos, como el alcaide malvado de una serie americana, en una celda infestada de pérfidos y carcajeantes demonios.

De la misma manera que el nacionalista español (él se ha subido ahora al ascendente carro de UPyD, en un gesto que líbreme Dios de calificar de oportunista) necesita del nacionalista periférico para reafirmar su personalidad y su ideario, que no suele ser más que un montón de humo, el idiota moral (aquel que no sabe distinguir realmemte el bien del mal) necesita decirse a sí mismo que tiene criterio para escoger la diritta via por el procedimiento de situar al otro en el abismo de la degradación moral. No sé ni dónde estoy –parece decirse Arcadio– pero como no estoy con ellos, en la sima a la que yo mismo les he arrojado, debe de ser que soy éticamente superior.

Es evidente que las miles de personas que han deseado, botella de champán en mano, que el ingreso hospitalario de Cifuentes –motivado, recordémoslo, por su propia imprudencia– culminara en su fallecimiento no estaban añorando la muerte de un ser humano sino la desaparición de un torturador callejero. Pocas personas como la voluntariosa y luchadora Cifuentes han abrazado con más entusiasmo la política represora del Partido Popular, han defendido con más encarnizamiento el uso indiscriminado de las unidades antidisturbios, para impedir que los ciudadanos pudieran hacer uso de su inalienable libertad de expresión o han especulado sin menos fundamento con la posiblidad de que se pudiera modular el derecho a manifestarse, al objeto de que las protestas se celebraran donde a la Delegada le diera la gana. ¿Tal vez en el extraradio de la ciudad, para que el hartzago de los españoles ante este secuestro bochornoso de la soberanía popular que está llevando a cabo su partido, no molestase a esa supuesta mayoría silenciosa y anuente a la que no para de hacer guiños y arrumacos el Presidente del Gobierno?

De modo que, incluso en el supuesto de que el Dr. Llamazares o yo mismo hubiésemos expresado –que no ha sido el caso– el deseo de que Cifuentes se marchara anticipadamente al otro barrio (en un país en el que no dimite nadie ¿a qué otro clavo ardiendo puede agarrarse ya el ciudadano, sino al de la Parca justiciera), eso no autorizaría en modo alguno a este aprendiz de Sostres a estigmatizarnos desde su patético Olimpo de superioridad moral, mientras exlama

¡Mirad qué alimañas, se alegran de que muera un semejante!

Porque el único subtexto posible, extraible del revuelo que está armando la mayoría insurgente (Arcadio dixit) no es más que una pregunta desesperada:

¿Será ya éste el único modo que tengamos los madrileños de liberarnos de esta implacable y odiosa carcelera? 

FALACIAS Y FALOCIAS

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Cuando las mujeres acusan a los hombres de ser esclavos de sus bajos instintos, dicen eso de que piensan con la polla. Por otro lado, sabemos por el diccionario etimológico que falacia, del verbo latino fallere (engañar) se refiere a un fraude o mentira en el razonamiento, con el cual se intenta dañar a alguien.
Ahora bien ¿qué pasa cuando el razonador falaz expone sus argumentos, plagados de grietas lógicas, movido no tanto por maldad cuanto por incultura y/o estupidez? Si el sofista no trata realmente de engañar (aunque lo consiga sin querer), sino que razona con el órgano equivocado por falta de formación o por una patética incapacidad a la hora de emplear el cerebro, no cabe, stricto sensu, hablar de falacia. Habría que pergeñar un nuevo vocablo, ¿falocia?, capaz de sugerir que el razonamiento es engañoso, pero también que quien lo ha formulado no es un malvado, sino un majadero que no piensa precisamente con la cabeza.
Javier Pradera me hubiera corregido ya a esta altura del párrafo, repitiéndome aquello con lo que tanto le gustaba aleccionarme:
–Hijo, la maldad y la estupidez no son mutamente excluyentes.
Viene a cuento este preámbulo tras las reflexiones que me han surgido al leer el artículo de un tal Salvador Sostres (http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/guantanamo/2013/08/03/podeis-venir-a-por-nosotros.html), un escrito no sólo adulador, sino abyectamente hagiográfico, que contiene, ya en el primer párrafo, tal cantidad de falacias de baratillo, que no es legítimo suponer que en el ánimo de quien las formula anide la voluntad de estafar intelectualmente al lector. Son razonamientos a los que se les ve el plumero tan de lejos, que es como si un timador hubiera disfrazado los billetes auténticos con recortes de periódico, en vez de proceder al revés. Estaríamos hablando entonces de un incompetente, de un necio, o de lo que es igualmente verosímil, de un necio incompetente. No es posible –concluiríamos– que el tal Sostres esté tratando de confundirnos a propósito, porque si un sofista quisiera de verdad engañar se preocuparía al menos, de conocer los secretos de su oficio.
A mi leal saber y entender, no estamos ante un puñado de falacias, sino de falocias.
Empieza Sostres:

Del hecho de que todos los totalitarismos hayan perseguido a Israel se puede extraer la lógica conclusión de que son el pueblo de la libertad. 

Si al director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, le han perseguido y vigilado tanto socialistas como populares, es porque lejos de la tentación sectaria y servil, su compromiso es con el periodismo y con la verdad, indispensables garantías para una democracia de calidad y una sociedad libre.

En la primera frase encontramos una falacia de las llamadas, por los antiguos latinos, de non sequitur. Sostres se concede permiso a sí mismo para deducir de la premisa una conclusión que no se sigue, es decir, no obligatoria. También podría calificarse el razonamiento sostriano de falacia de generalización apresurada o secundum quid, que es la que se da  al inferir una conclusión general a partir de una prueba insuficiente.

La falsedad del argumento se aprecia mejor si le damos estructura de silogismo.

 

Todos los totalitarismos han perseguido a Israel

Los totalitarismos están en contra de la libertad

ergo Israel es el pueblo de la libertad.

La licencia lógica que se concede Sostres a sí mismo nos permitiría montar un silogismo análogo con el pueblo gitano:

 

Todos los totalitarismos han perseguido a los gitanos

Los totalitarismos están en contra de la libertad

ergo los gitanos son el pueblo de la libertad.

o ir aún más allá, afirmando, por ejemplo

 

Todos totalitarismos han perseguido a los falsificadores de moneda 

Los totalitarismos están en contra de la libertad

ergo los falsificadores de moneda son los adalides de la libertad.

Sólo el modo en que los gitanos someten a la mujer ya sería argumento suficiente para rebatir la tesis de que, (si bien es cierto que han estado perseguidos durante siglos)  son adalides de la libertad.

Sólo el modo en que los israelíes maltratan y torturan a niños y mujeres palestinos valdría para afirmar que el compromiso del Pueblo Elegido no es con la libertad en general, sin con su libertad, que es la de hacer lo que les da la gana.

Unos y otros han sido perseguidos a lo largo de la historia por ser diferentes, no porque defiendan la libertad con más ahínco que otros pueblos.

Otra cosa es que se pueda afirmar que una de las expresiones supremas de la libertad es el respeto hacia el que es diferente. Los homosexuales y los retrasados mentales también ha sufrido persecuciones sin límite a lo largo de la historia y a nadie se le ocurriría identificarlos con los luchadores por la libertad, porque la persecución de la diferencia estigmatiza al perseguidor pero no caracteriza moral ni ideológicamente al perseguido.

Por otro lado, la desacertada elección de Sostres del término totalitarismo parece insinuar que los judíos empezaron a ser perseguidos sólo a partir del surgimiento del estalinismo y del nazismo, pues, según nos explica la socorrida wikipedia

 

los regímenes totalitarios, se diferencian de otros regímenes autocráticos por ser dirigidos por un partido político que pretende ser, o se comporta en la práctica, como partido único y se funde con las instituciones del Estado.

Sostres parece ignorar que los judíos también sufrieron una atroz persecución durante los largos años de régimen zarista, régimen autoritario donde los haya, pero al que sería incorrecto tachar de totalitario.

Una misma etnia puede estar perseguida bajo dos regímenes distintos por motivos diferentes,  sin que ninguno de los dos tenga necesariamente que ver con la defensa de la libertad. Stalin, por ejemplo, que por antizarista era un convencido anti-antisemita, decidió utilizar el profundo arraigo del odio ruso hacia los judíos para deshacerse de sus adversarios políticos, muchos de los cuales (Trotsky, Kamenev, o el poderoso  Grigory Zinoviev) pertenecían a esa etnia. Pero también es cierto que el totalitarista Stalin fue el primer mandatario moderno que intentó buscar una patria definitiva para el errante pueblo de Israel, aunque los judíos de la Unión Soviética no se mostraran entusiasmados con la elección del dictador – el lejano oriente siberiano– y decidieran declinar amablemente la oferta –hecha a base de propaganda, no de fuerza militar– de trasladarse en masa a la llamada Región Autónoma Hebrea.

Es decir, que ni los judíos han sido perseguidos con el mismo encarnizamiento por nazis y estalinistas (el antisemitismo de Stalin cabría calificarlo de baja intensidad) ni por las misma razones, que insisto, poco tienen que ver con la libertad de expresión. Hitler, ansioso por auparse con el poder, sólo buscaba un culpable para justificar la caótica situación económica alemana y se aprovechó del tradicional odio a los judíos que ya existía en su país, antes de la llegada de totalitarismo nazi, para sus perversos propósitos.

En el artículo de Sostres, resulta asimismo pintoresco el salto de la primera a la segunda frase del párrafo, que también podemos reducir a un silogismo mentiroso:

 

Todos los totalitarismos (de izquierda y derecha) han perseguido a los adalides de la libertad.

PP y PSOE han perseguido a Pedro J.

Ergo Pedro J. es un adalid de la libertad (¿y los de PP y PSOE regímenes totalitarios?)

En esta nueva falacia sostriana está implícita, como apuntaba antes, la idea de que los judíos fueron perseguidos –igual que lo es ahora Pedro J. – por denunciar en la prensa los abusos del poder establecido, lo cual dista tanto de ser cierto como la afirmación de que Sostres es un intelectual independiente.

Pero ni PP ni PSOE son partidos totalitarios (resulta inaceptable el non sequitur que se produce al saltar de Stalin a Felipe González, o de Hitler a Rajoy) ni se puede afirmar que el PSOE sea un partido de izquierda, (¿qué tal la marca progre del PP?) ni cabe proclamar sin carcajada que Pedro J. haya estado perseguido siempre por los dos partidos.

Aunque luego se convirtió en un feroz detractor del GAL, hay que recordar, por ejemplo, con qué denuedo animaba el director de voz aflautada, en el año 83, (primer Gobierno de Felipe González, con José Barrionuevo al frente de Interior) desde las páginas del extinto Diario 16, a terminar con ETA de la forma que sea.

Bajo el título Hay que destruir a ETA, el editorial de Diario 16, refiriéndose a la actuación de varios geos en el frustrado secuestro del etarra Larretxea en Francia, decía (ver http://elpais.com/diario/1996/01/29/espana/822870018_850215.html)

 

Es preciso cerrar filas en tomo a este buen Gobierno que tenemos, formado por hombres competentes y patriotas, dispuestos a conciliar los valores esenciales de libertad y seguridad.

Más adelante, señalaba:

 

Frente al siniestro engranaje montado en torno al santuario francés, el Estado español tiene legitimidad moral para recurrir a veces a métodos irregulares.

Nadie en su sano juicio puede creerse que un periodista que estaba apoyando tan incondicionalmente a un gobierno, incluso en su guerra sucia contra ETA, fuera perseguido por Felipe González como los judíos en tiempos de Goebbels.

Por otro lado, en septiembre de 2011, a tan sólo dos meses de la victoria del PP en las generales, Pedro J. publicó una portada sobre el archivo del caso Bárcenas (http://2.bp.blogspot.com/-WIOdL8mPses/TmBtieYLUuI/AAAAAAAAAi4/Gi60hzzKDoo/s1600/000+EM20110902.jpg) que en vez de hacer hincapié en las chapuzas jurídicas del Juez Pedreira, como habría hecho un periodista verdaderamente independiente, se recreba con descaro partidista en lo dañino que iba a resultar este injustificable sobreseimiento para el denostado Rubalcaba. Pedro J. saludaba por entonces con trompetas y clarines, la llegada del Nuevo Régimen y su periodismo era de claro apoyo al heredero de Aznar, un dirigente sin personalidad ni iniciativa alguna, al que el fogoso Pedro J. creía que iba a poder manejar como un pelele.

La lectura de estos y otros escritos del petulante director de El Mundo parece indicar, contrariamente a lo que sostiene Sostres, que Pedro J. no es atacado por gobiernos de uno y otro signo cuando publica la verdad, sino que se produce más bien el fenómeno inverso:

cuando los gobiernos de uno y otro signo se escapan a su poder y capacidad de influencia y deciden hacer caso omiso a sus recomendaciones políticas y económicas, es él quien decide atacarlos, para castigar su rebeldía y su insolencia.

La prensa es el llamado Cuarto Poder y los periodistas de ego exacerbado, como Pedro J., llegan a creerse Presidentes del Gobierno en la sombra y se indignan cuando sus opiniones y deseos no son tenidos en cuenta.

El hecho de que las informaciones que publica ahora El Mundo (al rebufo de la primera gran exclusiva de EL PAÍS sobre los papeles de Bárcenas) estén resultando, por el momento, veraces, no invalida la teoría de que Pedro J. sólo se compromete con el periodismo y la verdad,  como proclama su melifluo tiralevitas, más que cuando un gobierno decide llevarle la contraria.

¿Habría optado Pedro J. por tirar tan fuerte de la manta barcenesca si Rajoy y sus ministros hubieran estado comiendo en su manipuladora mano?

El artículo de Sostres contiene tal cúmulo de falacias e inexactitudes, que es imposible que ni siquiera un periodista tan limitado como él le haya dado el visto bueno sin un frío cálculo previo, cargado de oportunismo y de interés personal. Cálculo que podría resumirse en este pensamiento:

Son tantos los dividendos que voy a obtener regalándole abyectamente los oídos a mi director con este artículo que no me importa quedar ante la opinión pública como un perfecto… falocista.

EL DÍA QUE CENICIENTA PERDIÓ SU ZAPATITO Y OTROS CUENTOS

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Que políticos y tertulianos (de uno y otro signo) nos están vendiendo burras infames un día tras otro es algo que percibimos todos con más o menos intensidad, aunque probablemente no nos estemos dando cuenta de cómo se lleva a cabo la operación . En muchos casos, percibimos de manera instintiva que nos están tomando el pelo, pero como todo ocurre a velocidad de vértigo (pensemos en los razonamientos falaces del político de turno como si fueran las hábiles manos de un trilero), no acertamos a establecer el modo preciso –la técnica– con la cual están tratando de embaucarnos. Para descubrir cómo nos estafa un trilero, no queda más remedio que reproducir sus movimientos a cámara lenta, o fotograma a fotograma, si fuera preciso.

Cuando se trata de mensajes publicitarios, la cosa resulta más o menos sencilla. Por ejemplo, en esos anuncios de champús que aseguran que el producto te deja el pelo un 87% más suave, basta con preguntarse si existe un aparato llamado suavímetro capaz de medir la suavidad del cabello femenino. Como la respuesta es un rotundo NO, es evidente que el anuncio nos está intentado embaucar con pseudociencia.

Otras veces, los anunciantes rematan con un eslogan en inglés, que no viene a cuento, para que pensemos que si es anglosajón, el producto tiene que molar que no veas y además proporcionarnos ese toque de exclusividad que nos faltó cuando quisimos ligarnos al último pibón que se nos puso a tiro.

En política, el asunto es más complejo. No estoy hablando de mentiras pre–electorales: no hay manera de saber –hasta que no consigamos que los políticos se obliguen por contrato a cumplir las promesas que nos hacen para arañar votos– si Fulanito bajará el IVA o evitará la amnistía fiscal hasta que no tenga el poder y pueda demostrar que iba de buena fe. En principio, yo recomendaría no creer ni una sola palabra de un político que nos pide nuestra confianza para ganar unas elecciones. Me inspiraría mucha más credibilidad, en cambio, uno capaz de entregar él mismo su confianza a los ciudadanos. Alguien que dijera, por ejemplo:

Todo el dinero de la campaña electoral lo voy a destinar al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. No habrá pegada de carteles, ni mítines, ni vallas publicitarias. Estaré en inferioridad de condiciones respecto a mis rivales, así que me hallo en vuestras manos: espero que sepáis estar a la altura de la confianza que estoy depositando en vosotros y me recompenséis dentro de unas semanas con el voto.

Me quiero centrar, más bien, en lo que ocurre después de las elecciones, cuando los políticos, acosados por las denuncias de los medios de comunicación, que empiezan a señalar de manera pertinaz  e inmisericorde sus incumplimientos, se ven abocados a defender lo indefendible.

Todos los grandes partidos tienen entre sus cuadros una especie de guardia pretoriana –hombres y mujeres dispuestos a hacer cualquier cosa por el secretario general –que se ocupa precisamente de eso: de salir a la palestra a tratar de demostrarnos que los burros vuelan o que se pueden comprar euros por ochenta céntimos. Los pretorianos suele ser gente con muy poco (por no decir nulo) sentido del ridículo, capacidad intelectual limitada (por no decir inexistente) y pocas (por no decir escasísimas) posibilidades de ganarse la vida fuera del partido. De modo que cuando salen a que la opinión pública se carcajee de ellos, en virtud de la cantidad de chorradas que el partido les obliga a proferir por minuto,  lo hacen en parte porque creen (con razón) que su sacrificio les será recompensado y en parte por temor (también fundamentado) a que si no se interponen entre la bala y el Presidente, como Clint Eastwood en aquella famosa película– les priven de despacho, visa y secretaria y se vean obligados a caminar el resto de sus días sobre humilde parquet en vez de pisar alfombras persas hasta el instante mismo de su jubilación.

La técnica con la que los pretorianos – en este grupo se incluyen también los periodistas afines ideológicamente al régimen, cuando no directamente a sueldo de los partidos – tratan de confundir al ciudadano se llama falacia, un tipo de argumento engañoso que puede llegar a ser altamente sutil y persuasivo, y por lo tanto, extraordinariamente difícil de detectar y desmontar. Por decirlo en lenguaje de cine americano, la falacia es una bomba de relojería en la que si nos comportamos como artificieros incompetentes y cortamos el cable equivocado, nos estallará en las manos, ya que nublará nuestra capacidad de raciocinio  y le permititá a nuestro adversario proclamarse vencedor de la reyerta.

Los verdaderos pensadores – y no creo exagerar al decir que Aristóteles ha sido el más eximio de todos ellos – detestan las falacias.  Las odian porque transforman el lenguaje en una herramienta para enmascarar la verdad, en vez de para acercarse a ella. En sus Refutaciones Sofísticas, el gran filósfo griego llegó a clasificarlas en trece grandes grupos. A pesar de que se trata de un texto que se remonta al siglo IV antes de Cristo, intentaré demostrar que los profesionales de la manipulación política siguen usando – y lucrándose con ellos– los mismos sofismas que provocaron la indignación y el desprecio, hace casi 2500 años, del Estagirita Peripatético. Para ello me serviré del discurso con el que nos obsequió el Presidente Rajoy en su última comparecencia parlamentaria. Texto evidentemente redactado por un experto en mercadotecnia política (¿tal vez el ya mítico Pedro Arriola?) que contiene tal cantidad de falacias por párrafo cuadrado que debería ser puesto como modelo en las facultades de Ciencias de la Información y de Ciencias Políticas para mostrar lo mucho que pueden llegar a retorcerse las palabras, con tal de intentar ganar un debate que se tiene perdido de antemano.

Insisto en que no se trata aquí de denunciar las mentiras flagrantes expuestas por Rajoy, que ya fueron denunciadas al día siguiente del debate por diversos periodistas en un magnífico despliegue de fact–cheking.

Las falacias no son exactamente datos falsos o incorrectos, sino razonamientos aparententemente lógicos, que tratan de cegar al adversario por el procedimiento de arrojar sobre él algo parecido a una telaraña mental.

La recuperación de la confianza se basa en la estabilidad de un gobierno

Vds. intentan desestabilizar al gobierno

Luego Vds. quieren destruir la confianza en España 

fue uno de los silogismos falaces más baratos de los usados por Rajoy porque en él, no uno, sino los dos antecedentes de la premisa son falsos.

1) Si fuera cierto que la confianza se basara en la estabilidad de un gobierno, el crédito en España habría dejado de ser un problema al día siguiente de las elecciones, ya que el PP obtuvo la mayoría absoluta.

2) Si fuera cierto que cada vez que se le pide al gobierno que aclare comportamientos sospechosos en sede parlamentaria se está desestabilizando al gobierno, el Congreso de los Diputados no tendría razón de ser, ya que la naturaleza de la Cámara Baja es precisamente la de cuestionar y fiscalizar al Gobierno.

Luego es imposible que el interés de Sus Señorías sea destruir la confianza en España de inversores y empresarios.

Pero analicemos el silogismo más peligroso desde el punto de vista democrático de todos los esgrimidos por Rajoy, aquel con el que trató, a mala fe, de confundir a la opinión pública sobre la distinta naturaleza de las responsabilidades políticas y las obligaciones jurídicas.

Los jueces determinan la veracidad de las afirmaciones

Esto no es un juzgado sino una cámara parlamentaria

Luego este no es el lugar para exigirme que aclare la verdad.

La trampa de este silogismo es la confusión deliberada, en la premisa, entre veracidad y verosimilitud.

La veracidad tiene que ver con la conformidad entre los hechos ocurridos realmente –corroborables por la policía mediante documentos, testimonios y evidencias científicas – y lo que cuenta el sospechoso.

A veces, un relato veraz resulta inverosímil por la cantidad de casualidades o hechos insólitos que intervienen en la secuencia temporal de los acontecimientos. ¿Cuantas veces nos habrán relatado nuestro amigos sucedidos reales ante los que hemos pensado que, introducidos en una película, resultarían demasiado absurdos o chocantes, cuando no directamente inaceptables?

En cambio, un relato verosímil puede ser falso. En las obras de ficción –películas, novelas, obras teatrales – lo único que le pedimos al relato es que sea verosímil. La bondad de una película no reside en que refleje con fidelidad hechos acaecidos realmente, sino en convencer al espectador de la verdad emocional del relato. Son las reacciones de los personajes y la naturaleza de los sentimientos que se desencandenan en el transcurso de la historia lo que tenemos que dar por bueno.

El diccionario dice que verosímil es aquello que tiene apariencia de verdadero. 

Ése, y no otro, es el sentido de la famosa frase que Plutarco le atribuye a Julio César:

No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo.

Rajoy intenta confundirnos en su silogismo sobre la veracidad a partir de una premisa falsa:

Me están Vds. exigiendo que demuestre que soy inocente.

Pero eso no es lo que le pide la oposición (y la ciudadanía entera), porque comprobar la veracidad de los hechos, en efecto, es tarea de la policía y de los jueces.

Lo que se le pide al Presidente es que ofrezca un relato verosímil de los hechos.

Él es la mujer del César en estos momentos, y se le pide sólo que parezca honesto.

La verosimilitud de un relato no la decide la persona que cuenta la historia sino los espectadores que le escuchan, que darán su visto o bueno o no en función de la coherencia interna del mismo.

Hemos llegado al quid de la cuestión:

para que un relato resulte verosímil, la secuencia temporal de los hechos, aunque estos sean más falsos que los de una película de ciencia ficción, no tiene que presentar incongruencias. 

Yo nunca he conseguido creerme La Cenicienta de Walt Disney porque siempre me he preguntado:

Si el Hada Buena le dijo a Cenicienta que a medianoche TODO volvería a ser como antes ¿por qué demonios el zapatito de cristal que la futura princesa pierde bajando las escaleras no vuelve a convertirse en andrajosa zapatilla?

Me encantan las obras de ficción y estoy dispuesto a llevar lo que Samuel T. Coleridge bautizó como suspensión de la incredulidad hasta donde haga falta: acepto que una anciana gordita salida de la nada pueda transformar una calabaza en una carroza sólo con canturrear Salagadoola mechicka boola bibbidi-bobbidi-boo. Pero lo que no estoy dispuesto a tolerar es que el personaje se contradiga en el transcurso del fantástico relato.

El Hada nos informó, en su diálogo con Cenicienta, que TODO volvería a ser como antes, por lo tanto

¿por qué el zapatito de cristal queda fuera de ese TODO? 

Muy sencillo: porque el guionista necesita que ese zapato sobreviva al hechizo para que el príncipe pueda localizar más tarde a Cenicienta. Pero las necesidades del guionista nunca pueden estar por encima de las del espectador, que precisa a su vez que los hechos sean congruentes entre sí.

Rajoy comparece en un Pleno Extraordinario del Congreso afirmando que se le exige que demuestre con evidencias científicas que no es un inmoral o un delincuente.

El silogismo es falso porque la premisa de la que parte es falsa.

Sus Señorías sólo le han pedido que exponga un relato verosímil de los hechos, no que acredite la veracidad los mismos.

¿Es verosímil que Rajoy enviara un sms de solidaridad y apoyo a Bárcenas después de conocer que éste había evadido cuarenta millones en Suiza, si no hubiera estado en el ajo desde el principio? Es evidente que no. La reacción lógica, coherente con todo el relato mariano, frente a un abuso de confianza de semejante calibre, sería, como mínimo, de decepción, cuando no directamente de furibunda indignación. Rajoy puso la mano en el fuego por Bárcenas en una ocasión anterior ¿y ahora le paga comprometiendo su honorabilidad y la de todo el partido en el que lleva militando tantos años?

Si se me permite una licencia humorística, el sms verosímil en semejantes circunstancias no es tanto

Luis, aguanta, sé fuerte

sino

Luis, te voy a dar un guantazo muy fuerte

¿Es verosímil que una persona que dice que comparece ante el Congreso para que resplandezca la verdad obsequie a la ciudadanía (el debate fue retransmitido en directo a toda la nación) con un discurso preñado de falacias?

Veamos sólo algunas de ellas.

Se me acusa de obstrucción a la justicia.

Bárcenas fue desimputado con los socialistas y vuelto a imputar con el PP.

Luego el PP no interfiere en la justicia.

No soy Aristóteles pero me atervo a asegurar que estamos ante un tipo de falacia conocido con el latinajo post hoc ergo propter hoc

Significa luego a consecuencia de esto y es un tipo de falacia que asume que si un acontecimiento sucede después de otro, el segundo es consecuencia del primero. Es verdad que una causa se produce antes de un efecto pero la falacia viene de sacar una conclusión basándose solo en el orden de los acontecimientos.

Rajoy intenta hacernos creer que como la reimputación de Bárcenas se produce después de la victoria del PP, los dos hechos están relacionados. Lo cierto es que el silogismo se vuelve contra el Presidente, ya que en el mismo está implícita la idea de que si el PP hubiera querido obstruir el funcionamiento de la justicia, lo habría logrado. Nada excluye, sin embargo, en este silogismo, la posibilidad de que Bárcenas fuera reimputado a pesar de los esfuerzos del PP por obstruir la justicia, tal como apunta Ignacio Escolar, al sugerir que existieron presiones para apartar al juez Gómez Bermúdez del caso Bárcenas  (http://www.eldiario.es/escolar/mentiras-discurso-Rajoy-cita_6_159994012.html)

Más silogismos falaces:

Los imputados tienen derecho a mentir

Bárcenas es un imputado

luego Bárcenas miente

Aquí la trampa es que la premisa no dice que los imputados mientan siempre, sólo que la Constitución les otorga el derecho a construir un relato de los hechos que les sea favorable.

Pero el hecho de que Bárcenas disponga de ese derecho constitucional, reconocido en el Art. 24.2 de nuestra Carta Magna

(…) todos tienen derecho a utilizar los medios de prueba pertinentes para su defensa, a no declarar contra sí mismos, a no confesarse culpables y a la presunción de inocencia.

no implica que Bárcenas tenga que mentir necesariamente en todas y cada una de sus manifestaciones.

El silogismo es tan falso como

Todos los españoles mayores de 18 años tienen derecho al voto

Yo soy español y mayor de 18 años

Luego yo siempre voto.

Les aseguro que a pesar de que la Constitución me concede ese derecho, he dejado de votar en numerosas ocasiones, porque consideraba que la abstención era lo que más beneficiaba a mis intereses.

Si se me apura, podría decir que, dado que Bárcenas cometió (presuntamente) todos los delitos de los que se le acusa siendo un alto cargo del Partido Popular, cuánto más implique a su partido, más se estará autoiculpando.

En el Pleno Extraordinario en el Senado, Rajoy reconoció:

Y eso es lo que está haciendo el señor Bárcenas, Señorías: defenderse como mejor le parece, poniendo el foco en el Partido Popular.

Pero a continuación no supo dar explicación ni conjetura alguna del por qué de su conducta.

¿Por qué ha escogido ese camino? Eso es algo que yo no sé.

Rajoy prefirió hacerse el tonto en vez de apuntar al móvil más verosímil, que es el del interés puramente penal de Bárcenas en colaborar con la justicia. Como él se expone a penas de prisión muy severas, deduce que si colabora con el juez y el fiscal en sus esfuerzos por destapar una cada vez más probable trama de financiación ilegal dentro del Partido Popular, sus esfuerzos serán tenidos en cuenta a la hora de ponerle la sentencia.

Otro falaz silogismo:

Mi obligación, Señorías, no es evitar las maledicencias. Eso no está en mi mano. 

Mi única obligación es que las maledicencias no tengan razón. 

luego yo he cumplido, porque no la tienen.

Rajoy se inventa, en los dos antecedentes de la premisa, la naturaleza de sus obligaciones para con la Cámara Baja.

Su obligación –dice– es desmontar las maledicencias, y como él asegura que Bárcenas miente y la única demostración posible de que Bárcenas miente es que él así lo afirma, la maledicencia ya está desmontada:

Yo no puedo decirles otra cosa sino que son falsas sus acusaciones, son falsas sus medias verdades y son falsas las interpretaciones de la media docena de verdades que emplea como cobertura de sus falsedades.

Es decir, que Rajoy, después de haber afirmado que el Congreso no puede ser una comisaría, se comporta como si estuviera delante de sus interrogadores y se acoge al derecho de no declarar contra sí mismo y a la presunción de inocencia.

Pero el Presidente olvida que la presunción de inocencia es una garantía jurídica, no política, que ampara al imputado y no al político de conducta sospechosa.

En otro momento de su intervención, el Presidente montó otro silogismo de premisa falsa. Este tipo de falacias pertenecen la categoría más barata de razonamiento lógico, puesto que si el primer antecedente es falso, forzosamente el consecuente ha de serlo también:

Lo único que cabe (en un Parlamento) es que Vds. me pregunten si lo que dice Bárcenas es cierto

Yo digo que no lo es.

Luego todo lo que me sigan preguntando supone convertir el Parlamento en una Comisaría. 

Si la premisa de Rajoy fuera cierta, la conclusión le daría la razón. Pero ¿acaso la diputada Rosa Díez no acertó a formular al Presidente veinte preguntas (http://www.libertaddigital.com/espana/2013-08-01/diez-plantea-a-rajoy-una-rotunda-censura-y-20-preguntas-1276496526/) perfectamente aceptables en el juego parlamentario de preguntas y respuestas?

Por lo tanto lo único que cabía en la sesión no era lo que Rajoy, en otro gesto más de chulería y autoritarismo, afirmaba que cabía. Cabían muchas más cosas en la sesión, entre ellas las preguntas de una diputada del Congreso que recibió la callada por respuesta a todos sus interrogantes.

A la vista del intolerable (por poco democrático y trasparente) comportamiento de Mariano Rajoy durante el Pleno Extraordinario del Senado, tal vez Sus Señorías deberían hacer suyas las palabras del Presidente boliviano Evo Morales:

Nunca debato con mentirosos.  (FIN DE LA CITA)

EL FALSO DILEMA DE RAJOY

Rajoy saluda a su Guardia Pretoriana 
En los años 50, el General Franco concedió una entrevista a la BBC en la que, entre otras muchas falacias, dijo, al referirse a la sublevación militar del 18 de julio de 1936:
“A España se le presentó el dilema de conservar sus convecionalismos legales y perecer o salvar a la nación, saltando por encima de ellas. Nuestra generación prefirió esto último. Sin que ello fuese en detrimento de la libertad, que sólo bajo el orden, la paz y la seguridad colectiva, puede garantizarse”.
Aclaro que Franco tuvo la prudencia de responder a las preguntas del periodista en castellano, pues su inglés, del que da una idea este saludo a la Pérfida Albión (http://tinyurl.com/6q7797k) era aún más horripilante que el de Mariano Rajoy. ¿Hace falta recordar que al Presidente del Gobierno de España (¿o es de las Islas Solomon?)  la oración más compleja que se le conoce en la lengua de Shakespeare es
“Is very difficult todo esto”.
En su entrevista a la BBC, el Dictador Franco empleó una triquiñuela lógica barata, conocida como la falacia del falso dilema, en la que eran maestros los sofistas griegos. Su inane tenderete (con el que ganaron carretadas de dinero)  fue denunciado de forma sistemática e inmisericorde por Aristóteles.
La técnica del falso dilema consiste en presentar dos alternativas lógicas como las únicas posibles, cuando en realidad existen una o más opciones que se ocultan maliciosamente al interlocutor, con objeto de ganar la discusión.

¿Votarás por la independencia de Cataluña o vas a permitir que Madrid nos siga expoliando?

es una pregunta de falso dilema, que está ahora muy de moda y que ha contribuido en no poca medida a crispar el clima político nacional.

Protágoras de Abdera, el sofista griego que recorría el mundo cobrando minutas dignas de Iñaki Urdangarin, por sus conocimientos acerca del correcto uso de las palabras (y que ahora sería el Director de Comunicación de Artur Mas), decía que el primer requisito para lograr sobresalir en el noble arte de la elocuencia era dominar la habilidad de convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles. Gorgias, también de la misma escuela, afirmaba  que con las palabras se puede envenenar y embelesar. Se trata de embaucar o derrotar al otro mediante razonamientos engañosos. El arte de la persuasión no estaba, para estos pseudopensadores, al servicio de la verdad, sino de los intereses del que habla.

Para defender su fraude electoral (Rajoy está gobernando con un programa no legitimado por el voto) el Presidente lleva empleando, desde que ocupó el poder, la falacia del falso dilema. 

Como Protágoras de Abdera en el siglo V antes de Cristo. Como Franco desde que se sublevó en armas contra la IIª República.

Lo dijo bien claro, hace pocos días, ante un periodista del semanario The Economist y lo ha reiterado en el reciente debate del Estado de la Nación:

O cumplía con el programa electoral o cumplía con mi deber.

El subtexto del falso dilema de Rajoy es el siguiente:

Si por respetar el pacto electoral, hubiese aplicado las medidas que prometí a casi once millones de ciudadanos, ahora España estaría en la bancarrota. Una vez llegado a la Moncloa, me fue revelada una meta más elevada que había que defender, que es la reducción del déficit a cualquier precio, y mi deber, como capitán del barco, es ignorar la hoja de ruta inicial, para amoldarme a las nuevas circunstancias, salvando así del desastre a la tripulación y al pasaje.

Rajoy se cree el capitán del Titanic. La soberanía nacional no reside, para él, en el pueblo español, sino en su persona, de la que emana una autoridad omnímoda e incuestionable, al menos durante los cuatro años que dura la legislatura.

Dicho de otra forma, para Rajoy ejercer la soberanía nacional es que los españoles elijan cada cuatro años a un dictador: un gobernante con bula para tomar las decisiones que le dé la gana, sin tener que dar explicaciones, ni a la oposición, ni a los medios de comunicación. La única diferencia con un déspota griego es que Rajoy espera que los españoles le renueven la confianza dentro de tres años.

Imaginemos a Rajoy con guerrera de capitán (botones dorados de anclas cruzadas) y pantalón azul marino. Pensemos en él como el Capitán del Barco Spanien (el nombre se lo ha puesto su armadora, Angela Merkel). Los primeros días de travesía transcurren plácidamente cuando de pronto, llega un mensaje en morse avisándole de que puede haber icebergs en el camino y que debe extremar las precauciones. Como Rajoy conoce la historia del Titanic, sabe que si sigue a toda máquina por aguas del Atlántico Norte, acabará chocando con un témpano. Pero el capitán Rajoy necesita ir deprisa, porque su armador, Merkel, le ha prometido una formidable recompensa si cubre el trayecto en un tiempo record.

Entonces, el gallego de eses sibilantes tiene una intuición genial. Es una de esas decisiones que nadie te puede enseñar a tomar en la Escuela Naval, porque nacen de un talento innato y de un profundo conocimiento de las cartas de navegación y las corrientes marítimas. El Capitán Rajoy decide, sin dar explicaciones a nadie, cambiar de ruta y alcanzar la costa americana a través de las aguas más cálidas del Mar de los Sargazos, donde sabe que no encontrará hielo. Eso le permitirá conservar su velocidad de vértigo y obtener la recompensa de Frau Merkel. Con el resultado de que salva al barco de la colisión, pero acaba atrapado en un marasmo de algas infranqueables y pestilentes (los sargazos se mantienen a flote por medio de vejigas llenas de gas) que bloquean como una maraña infernal las hélices del Spanien y condenan al barco a la inmovilidad más absoluta.

Trasladado a la situación política, vemos que el problema de Rajoy, como en su día el del Capitán del Titanic, es la velocidad excesiva, que obedece no a los intereses generales sino a la codicia partidista. Rajoy tiene prisa por implementar sus nuevas medidas, por eso gobierna a golpe de decreto ley. En vez de “perder tiempo” pactando con la oposición, con los sindicatos, o con los colectivos de médicos, juristas y enseñantes, que son la savia de la sociedad española, utiliza el método de Alejandro Magno para desatar el nudo gordiano, que es emplear la fuerza de la espada. En lugar de consultar mediante referéndum con los españoles las grandes decisiones políticas y económicas que contravienen el pacto electoral, Rajoy decide que su legitimidad de origen (no empleó la coacción para obtener el poder) le otorga también la de ejercicio, esto es: se siente legitimado para adoptar cualquier medida que se le ocurra, sin consultar con la ciudadanía, tal como aconseja la propia Constitución Española en su Artículo 92

1. Las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos.

Rajoy tiene prisa, como el Capitán del Titanic, y no está dispuesto a perder ni un solo día para preguntar a los españoles si están de acuerdo con el cambio de rumbo.

Si Rajoy no ha mantenido la hoja de ruta que le llevó a conquistar la ambicionada mayoría absoluta, sólo puede deberse a dos razones.

1) Hizo un mal diagnóstico electoral y creyó de buena fe que podía sacar a España de la crisis con las medidas que prometió.

en cuyo caso cabe preguntarse:

¿si diagnosticó mal antes de obtener el poder (dispuso de ocho años de oposición para evaluar la situación), por qué los españoles han de creer que está ahora en lo cierto, y que un diagnóstico apresurado y oportunista, llevado a cabo en las primeras semanas de poder, es el adecuado?

¿Si se equivocó antes, por qué hemos de creerle ahora?

2) Prometió a sabiendas medidas que sabía que eran de imposible cumplimiento, para engatusar a un electorado incauto y poco responsable con el voto.

es decir, cometió prevaricación electoral.

Cada vez que Rajoy justifica el fraude electoral con el argumento de que está cumpliendo con su deber, me acuerdo de las falaces explicaciones del General Franco a la BBC y también del hecho que el diccionario de la RAE contiene al menos dos acepciones, casi antéticas, para la pabra deber:

1. tr. Estar obligado a algo por la ley divina, natural o positiva. U. t. c. prnl. Deberse a la patria.

2. tr. Tener obligación de corresponder a alguien en lo moral.

Para Rajoy, el deber no es la obligación que contrajo con sus propios votantes, sino la ley de divina, ya lo dijo él mismo en precampaña electoral:

Haré una política económica como DIOS manda.

Rajoy

DIGRESIONES MARIANAS

Decía hace poco el escritor Arturo Pérez Reverte que los políticos españoles deberían superar una oposición antes de ganarse el derecho a ser incluidos en ninguna lista electoral. Como cualquier funcionario público.

No le falta razón al vehemente articulista. Además de exhibir una cultura que haría que los concursantes de Gran Hermano parecieran enciclopedistas franceses, ignoran principios y valores morales imprescindibles a la hora de ejercer con dignidad la función pública (en España casi todos los cargos electos creen que dimitir no es un saludable gesto democrático, sino un mafioso ruso o un patriarca griego). Por si fuera poco, demuestran un vergonzoso desconocimiento de la lengua de Shakespeare y se ensañan con la suya propia, como si las incorrecciones sintácticas y gramaticales en que incurren a diario en sus tediosas declaraciones a los medios fueran refinados tropos literarios en vez de patéticos ejemplos de sus lagunas educativas.

Y hablando de ornamentos lingüísticos ¿se han fijado en que, de todos los recursos estilísticos y retóricos que emplean ministros, diputados y concejales, el único del que abusan hasta el infinito y más allá, (si dejamos a un lado el eufemismo, que dominan con maestría torera) es la anáfora?
Para los de ciencias y los de la Logse, recordaré que la anáfora es una repetición con valor poético: una figura retórica que consiste en insistir en una o varias palabras al principio del verso o enunciado. Su variante -también muy empleada por nuestra mediocre casta política- es la epífora, que no es más que una anáfora al final del enunciado.

Una de mis preferidas es invención del Demóstenes de Faes, el político que prefiere hacer seiscientos abdominales al día antes que ponerse a estudiar los tratados de oratoria de Cicerón y Quintiliano.

Corría el año 1998. Una ONG se había reunido con José María Aznar en el Palacio de la Moncloa, cuando un relámpago de inspiración atravesó la mente del genial estadista:

Me gustan mucho los niños, me gustaría haber tenido más y me gusta que la gente tenga niños.

Anáfora y epífora, todo en uno. Ese mismo año le cayó al marido de Ana Botella el primero de sus innumerables Doctorados Honoris Causa. Creo que la “agraciada” fue la Universidad de Florida.

Está claro que la vida parlamentaria podría volverse bastante más interesante (o cuando menos variada) si se animase a los políticos a conocer y emplar a diario todos los recursos de la elocuencia, no sólo los aznarinos.

Por ejemplo, la anástrofe.

La palabra suena ominosa, porque rima con catástrofe, pero no consiste más que en invertir el orden sintáctico habitual o normal de dos o más palabras sucesivas en una frase.

Rajoy, por ejemplo, que ha heredado de su padrino Aznar el talento para la exposición oral, podría repetir el mantra con el que nos machaca noche y día, introduciendo esta pequeña variante anastrófica.

En vez de…

No podemos gastar lo que no tenemos

¿por qué no…?

Lo que no tenemos no lo podemos gastar.

La frase resulta igual de tautológica y vacía, pero al invertir el orden de las palabras, la deslumbrante reflexión del gallego adquiere un matiz muy bello, a la par que sobrecogedor.

No llega, eso sí, a los hipérbaton del Maestro Yoda en La guerra de las galaxias, que habría dicho

Gastar no podemos lo que tenemos no.

La paralipsis (de nuevo una palabra chunga, que hace pensar en una prueba olímpica para minusválidos) o preterición (del latín praetereo, dejar atrás) es otra figura retórica, que consiste en afirmar que se omite o pasa por alto algo, cuando de hecho se aprovecha la ocasión para llamar la atención sobre ello.

Rajoy: No voy a repetir ahora lo que siempre digo, que no podemos gastar lo que no tenemos.

¿A que Mariano ya les ha hecho sonreír? Muchos habrán pensado-: ¡Qué cabrón, ya nos la ha vuelto a meter!

¿Y qué tal un poco de quiasmo para aderezar el soporífero discurso marianista? Quiasmo no es el último fichaje portugués del Real Madrid, sino una de las más importantes figuras literarias de repetición. Consiste (wikipedia dixit) en

Repetir palabras o expresiones iguales de forma cruzada y manteniendo una simetría, a fin de que la disparidad de sentidos resulte a su vez significativa.

Por ejemplo: Ni son todos los que están, ni están todos los que son.

Rajoy podría quiasmizar su mantra con

Ni podemos gastar lo que no tenemos, ni podemos tener lo que hemos gastado.

Como ven, con dos o tres toquecitos de oratoria el Presidente del Gobierno empieza a parecer el Winston Churchill español. ¿O debería decir el Winston Chuches?

La epífrasis es una figura literaria, clasificada en retórica dentro de las figuras de acumulación. Es una suma de ideas complementarias a la principal, de forma que si éstas se eliminan queda aquella con un sentido completo.

De nuevo es wikipedia (¿habéis donado ya?) la que nos proporciona el ejemplo más notable

“Con dolorido cuidado, degrado, pena y dolor, parto yo, triste amador, d’amores, que d’amor” (Jorge Manrique)

Rajoy podría aportar un ángulo diferente a su revolucionario teorema económico si dijera:

No podemos gastar, consumir ni derrochar lo que no tenemos.

La ironía es la figura literaria mediante la cual se da a entender lo contrario de lo que se dice.

En periodismo político se utiliza con frecuencia, aunque ha sido el gran Miguel Ángel Aguilar, en las tertulias de Hora 25, el que la ha elevado a la categoría de arte.

Si Rajoy quisiera mostrarse un día irónico (no caerá esa breva), no tendría que inventar nada nuevo, sólo tunear un poco su mantra:

¡Gastemos sin reparos, si somos millonarios!

La onomatopeya es la imitación lingüística o representación de un sonido natural o de otro fenómeno acústico no discursivo.

Rajoy: No podemos de repente ¡clin, clin, clin! empezar a gastar lo que no tenemos

Y llegamos por fin a mi figura retórica preferida (mi sección en RNE, hoy defenestrada por las hordas cospedalinas, se llamaba “Haciendo Amigos”), que es el insulto.

En vez del clásico hijo de las cuatro letras, con el que Doña Esperanza Aguirre regaló en su día los oídos de un esbirro de Gallardón, la enciclopedia de internet nos cuenta que

Existe un mecanismo de creación de insultos muy productivo en español y que permite innovar en el antiguo arte del escarnio. El mecanismo es el siguiente: consiste en coger la 3ª persona del singular en presente de indicativo de un verbo y pegarle un sustantivo en plural. La ventaja de este mecanismo es que permite ir más allá de las cuatro palabras malsonantes de siempre e innovar y crear nuevos insultos ad hoc, como bajateclas (para referirse a un pianista),abrepuertas (para referirse a un botones) o pateacueros (para referirse a un futbolista).

De modo que el presidente del gobierno, para introducir variaciones en su tema, como si fuera Beethoven con Diabelli, podría espetarles a los españoles:

No podemos ser unos despilfarraeuros porque nos hemos convertido en unos arruinabancos.

La atenuación, también denominada lítotes, consiste en afirmar algo, disminuyendo (atenuando) o negando lo contrario de lo que se quiere afirmar o decir:

Aquello no estuvo nada mal (estuvo muy bien)

Rajoy: No estamos muy en condiciones de gastar lo que no nos sobra.

A partir de aquí, abordaré recursos de gran poeta, de bardo universal.

La Apóstrofe consiste en hablar en un discurso o narración de manera breve en segunda persona, dirigiéndose a un grupo o personas presentes, fallecidas o ausentes, a abstracciones u objetos inanimados, o incluso a sí mismo. Es frecuente la utilización de esta figura en política ya que crea la impresión entre el público de que el orador se está dirigiendo directamente a sí mismo, lo que aumenta la receptividad.

Olas gigantes que os rompéis bramando

En las playas desiertas y remotas

Envuelto entre sábanas de espuma,

¡Llevadme con vosotras!

Gustavo Adolfo Bécquer, Rima LII

Rajoy: Me lo digo constantemente, Mariano, no puedes gastar lo que no tienes.

Termino ya, en plan conciliador, con una figura literaria muy usada entre los monologuistas de humor, ahora tan de moda: la conciliatio.

Es un recurso manipulador del lenguaje, pues retoma un término usado previamente en el discurso, hipotéticamente por el interlocutor, y lo reutiliza, pero con un significado completamente diferente al que en su anterior aparición tenía.

Ejemplo: No puedo negar a vuesa merced lo de ser mudable, pues no he tenido cosa en mi casa que vuesa merced no me la haya mudado en la suya con la facilidad que sabe. (Francisco de Quevedo); en su primera aparición en el ejemplo, mudar tiene un sentido intelectual, mientras que en la segunda lo tiene físico.

Rajoy: No podemos gastar tanto porque no sabéis cómo las gastan en Europa.

No me resisto a colocarle un estrambote a esta digresión mariana sobre el lenguaje político, sugiriendo muy encarecidamente a nuestro ilustre prócer que emplee de vez en cuando la diástole (lo contrario de la sístole). Es una figura muy apropiada para estos tiempos de infarto que vivimos.

La diástole (o éctasis) es una figura literaria de dicción que en latín permitía que una sílaba breve se pronunciara como larga. En lenguas donde no existe la cantidad vocálica, como el castellano, la figura se aplica a la acentuación: se adelanta la posición del acento de una sílaba a la siguiente (en ocasiones, con el objeto de facilitar ciertas rimas).

Ejemplo (Luis de Góngora):

El conde mi Señor se va a Napoles
Y el Duque mi Señor se va a Francía
Majestades, merced, porque este día
Pesadumbre daré a unos caracoles.

Si Rajoy quisiera ponerse gongorino y no cansino, como hace siempre, podría sorprender al Parlamento con estos inmortales versos, que pasarían a convertirse en carne de zapping televisivo en cuanto hubieran salido de su boca.

Gastar lo que no hay no podemós

porque eso nos conduce a la ruiná

aquí no despilfarra ya ni dios

el chollo se os ha acabado ya.

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